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14 de abril de 1931: de elecciones municipales a plebiscito sobre la monarquía

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El Tio-Abuelo Penradock

Licenciado en Historia y diplomado en Archivística y Biblioteconomía. Fundador y director de la revista Apuntes (2002-2005). Creador del blog El Viajero Incidental. Bloguer de historia, cine, viajes y turismo desde 2009. Editor y colaborador en varios blogs.

 


Las famosas elecciones de abril de 1931 sólo eran municipales pero devinieron en un plebiscito sobre la monarquía de facto. Aparte el hecho de que estaba previsto que en mayo hubiera sufragios provinciales y en junio nacionales, en la práctica todo el mundo contemplaba aquel proceso electoral con una motivación especial tras la caída de Primo de Rivera y el fiasco de la llamada Dictablanda, la transición que debían protagonizar sus sucesores, primero Dámaso Berenguer y luego el almirante Aznar, y que se quedó en nada al no haber avances democratizadores prácticos. Buena parte de la clase política se quedó frustrada por esa inacción y pasó a indignarse al ver que el Rey, una vez libre del mismo dictador al que había apoyado, pretendía volver al régimen de la Restauración como si no hubiera pasado nada. Y pasaba.

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De dictadura a dictablanda: Primo de Rivera, Berenguer y Aznar

 

Dicho régimen fue creado por Cánovas del Castillo en 1874 para dar estabilidad a España en un siglo en el que la vida política estaba condicionada continuamente por una sucesión de pronunciamientos y levantamientos armados, sin contar las guerras carlistas; por eso pactó con Sagasta un sistema de turnos en el poder exclusivamente entre los partidos Conservador y Liberal que dio resultado durante bastante tiempo. Sin embargo, el siglo XIX había quedado atrás y en los años treinta del siguiente las cosas habían cambiado de forma sustancial. Aunque España seguía siendo un país pobre y medio analfabeto, el avance en las comunicaciones permitió la difusión de una concienciación impensable tiempo atrás, de manera que el resto de formaciones políticas reformistas, republicanas u obreras ya no se conformaban con ser un simple relleno; recordemos, en ese sentido, que Alfonso XIII ni siquiera se había molestado en recibir nunca, por ejemplo, a Pablo Iglesias, secretario general del PSOE, un partido que ya tenía detrás una importante masa social.

 

El rey Alfonso XIII

 

Por eso cuando se conocieron los resultados de las elecciones todos sabían que no correspondían con la realidad. ¿Por qué? Porque el sistema electoral no era como el actual; estaba contaminado desde el inicio. Para empezar, no se formaba un gobierno a partir de los sufragios sino al revés: era el monarca el que, a raíz de alguna crisis que llevaba a la dimisión de un ministro o presidente (por entonces aún tenían cierto decoro para renunciar), consideraba que había llegado el turno de gobernar a la oposición y encargaba a su líder formar gabinete. Una vez aprobado éste, el nuevo titular de Gobernación (lo que hoy es Interior) ocupaba el ministerio y convocaba elecciones. Como tenía todos los resortes y mecanismos de control en sus manos, los ponía en marcha de acuerdo con lo pactado con el otro partido.

 

Viñetas de la época sobre la manipulación electoral de los caciques

 

Así, entre ambos decidían de antemano qué candidatos presentaban en cada circunscripción, cuáles ganarían (encasillados) y qué porcentaje se dejaba como migaja para los demás (cuneros) en los distritos llamados muertos, dóciles o mostrencos, a donde se enviaba como diputado a cualquiera, aunque no tuviera la más mínima relación con el lugar. La desfachatez del sistema era tal que las listas de posibles encasillados incluso se publicaban en la prensa. Un proceso factible gracias a la manipulación organizada de arriba abajo desde el citado ministerio a través de falsificaciones del censo, compra de votos, sustitución del votante por otro -el embolado o mico-, cambios en las actas, inscripción en el censo de fallecidos, amenazas a la puerta del colegio electoral, etc. Estos pucherazos, nombre originado en los pueblos, donde en vez de urnas se utilizaban pucheros, se llevaban a cabo merced a la labor de los caciques, a su vez jerarquizados en regionales y locales. El sistema lo explicaban humorísticamente Felipe Pérez y Ramón Cilla en la revista Blanco y Negro, jugando con el doble sentido de las palabras:

 

Después de pasar muchos pésimos ratos,

el ministro encasilla los candidatos.

Y arreglado el asunto del mejor modo,

dice mirando al cielo: “¡Dios sobre todo!”

A los gobernadores dice severo:

Coacciones y chanchullos jamás tolero.

Los votos solamente quiero que valgan…

con que así hagamos votos por que éstos salgan”.

Y los aleccionados gobernadores

dicen a los alcaldes: “¡Ojo, señores!

A estos favorecidos hay que sacarlos;

y no hay que hacer pucheros… sino colocarlos”.

Pero llega el momento, “salta” un cacique

a quien en su distrito no hay quien replique,

y saca “con correctas formas sencillas”

a los encasillados ¡de sus casillas!

 

 

 

Mapa del caciquismo en España (revista Gedeón)

 

En suma, una democracia ficticia que hasta entonces había resultado útil para conseguir la ansiada estabilidad pero a costa de marginar a casi todas las fuerzas políticas y que a esas alturas ya estaba en tela de juicio; la “España sin pulso” que había citado Silvela en 1898, es decir, aquella masa de ciudadanos indiferentes a los avatares por su postergación de la actividad política, se negaban a seguir ignorados. El propio Romanones, uno de los mayores representantes del sistema y convencido monárquico, lo expresó diciendo que “lo que se ventila el domingo es el porvenir de España y la forma de gobierno”.  Aún así, y pese a que los republicanos tenían los ánimos caldeados por las sentencias de muerte a los sublevados de Jaca, en general no creían que hubiera llegado aún su momento, tal como expresaron Fernando de los Ríos, Miguel Maura y Manuel Azaña. Paralelamente, iban fraguando los extremismos que empezaron a crecer desde años antes: por un lado, comunistas y anarquistas, a pesar de sus diferencias ideológicas tenían como modelo la Revolución Rusa; por otro, el germen de aquel fascismo que Primo de Rivera no había conseguido instaurar, de la mano de Ramiro Ledesma, Giménez Caballero y Juan Aparicio (el hijo del dictador no entraría en escena hasta más tarde)..

 

El conde de Romanones

 

Con todo ello, la participación el 12 de abril fue más elevada de lo habitual, pese a que también la abstención fue considerable, especialmente por parte de los monárquicos, confiados en que las artimañas acostumbradas garantizaban el éxito. Al final del día resultó que, excepto en Vigo, perdían en todas las capitales de provincia, donde cada concejal representaba a muchos más votantes que en las poblaciones pequeñas y resultaba de mayor dificultad la manipulación electoral: 602 concejales monárquicos frente a 953 republicanos. En el resto del territorio, especialmente en el rural, se igualaba o incluso ganaba la monarquía, pero todos sabían con qué métodos: el Ministerio de Gobernación, por ejemplo, manejaba unos datos completamente distintos, irreales, con 22.150 concejales monárquicos frente a 5.875 republicanos. Incluso caciques invencibles hasta entonces perdieron en su propio feudo, como De la Cierva en Murcia o Romanones en Guadalajara; “El resultado de las elecciones no puede ser más lamentable para los monárquicos -declaró este último a la prensa-. Ésta es la realidad y es preciso decirla, porque ocultarla sería contraproducente e inútil”.

 

 

El desconcierto se extendió entre los partidarios del régimen de la Restauración y Alfonso XIII le preguntó al general Sanjurjo, director de la Guardia Civil si podía contar con el cuerpo, pero el militar se encogió de hombros y contestó lacónicamente que “Hasta ayer por la noche podía contarse con ella”. Otro general, el mencionado Berenguer, escribió a los capitanes generales informándoles de se habían perdido las lecciones. Efectivamente, al día siguiente el escrutinio reveló que los republicanos se habían impuesto en 41 de las 50 capitales provinciales, además de en regiones enteras como Cataluña, Valencia y las cuencas mineras. Romanones se entrevistó con el Rey para organizar el traspaso de poder para que la “ inevitable caída de la monarquía se hiciese con el menor daño posible”. Pero el monarca seguía resistiéndose a aceptar la realidad. Como era lunes, la prensa no salió hasta última hora de la tarde y tuvo un efecto catalizador: la gente empezó a reunirse en las plazas y calles, enarbolando banderas tricolores y cantando versos contra la Corona; entre otros, al soberano pasaban a llamarle Rodríguez.

 

 

El martes 14 muchos ayuntamientos se atrevieron ya a colgar banderas republicanas y Sanjurjo envió circulares a las casas cuartel para que “no se opongan a la justa manifestación del triunfo republicano que pueda surgir del Ejército y del pueblo”. Fue entonces cuando Alfonso XIII hizo una llamada a Gobernación ordenando que se despejara la cada vez más abarrotada Puerta del Sol. La negativa del capitán al mando, que alegó que sus soldados no le obedecerían, convenció al monarca de que debía irse, así que envió a Romanones a casa de Gregorio Marañón para pactar el traspaso de poder; allí estaba Alcalá Zamora, que dijo que el Rey debía salir de España cuanto antes porque, entre otras cosas, Sanjurjo acababa de presentarse ante el Comité Revolucionario en casa de Miguel Maura, poniéndose a las órdenes de la República y llamándole ministro, en una clara venganza contra Alfonso XIII por el borboneo a que había sometido a su amigo, el ya fallecido Primo de Rivera.

 

Proclamación de la República en Barcelona

 

A las 13:35, a pesar de sus dudas, Companys se apodera del Ayuntamiento de Barcelona, echando a los milicianos de las FAI que se le habían adelantado, a la par que Francesc Maciá hace lo mismo con la Diputación y proclama la República Catalana dentro de la Federación Española de Repúblicas Ibéricas. Miguel Maura ve la ocasión y sugiere ir a Gobernación, pese a las reticencias temerosas de Azaña. Atraviesan lentamente una enorme y enfervorecida multitud y tras gritar “¡Señores, paso al Gobierno de la República!”, para su sorpresa, se encuentran con que los guardias les presentan armas. Inmediatamente destituyen telefónicamente a los gobernadores civiles y empiezan a redactar decretos y nombramientos.

 

 

Niceto Alcalá Zamora, Miguel Maura y Manuel Azaña, artífices de los acontecimientos

 

A las 17:00, el Salón Japonés del Palacio Real acoge el último consejo de ministros, tenso porque De la Cierva, Bugallal y el general Cavalcanti ofrecen sacar las tropas a la calle, a lo que el Rey se niega. Después de tres horas de discusiones, Gabriel Maura (hermano monárquico de Miguel) toma el último la palabra para admitir que tras los resultados electorales le parece “ilegítima la monarquía en España”; será él quien redacte el manifiesto a la nación del Rey antes de que éste se vaya al exilio. A la salida del consejo, Aznar, que al entrar había provocado la estupefacción general al dedicar a los medios de comunicación la inaudita frase “Conste, señores, que no hay crisis política”, tiene que rectificar y decir agriamente“¿Qué más crisis desean ustedes que la de un país que se acuesta monárquico y se levanta republicano?”.

 

 

Bibliografía: La España del siglo XX (Manuel Tuñón de Lara); La Guerra Civil Española (Hugh Thomas); Alfonso XIII (Alfonso Osorio y Gabriel Cardona); La destrucción de la democracia en España (Paul Preston); La burguesía conservadora. 1874-1931 (Miguel Martínez Cuadrado); La vida y la época de Alfonso XIII (Mª Teresa Puga); Monarquía y República: jaque al Rey (Ricardo de la Cierva); Historia de España Moderna y Contemporánea (José Luis Comellas). .

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