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Anecdotario de escritores (Borges, Unamuno, Dostoievski, García Márquez, Shakespeare…)

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Joe Barcala

Joe Barcala

Me encanta la magia de la imaginación que me permite recorrer el mundo, los rincones de la inteligencia y las infinitas posibilidades del universo mismo. Te invito a visitar mi blog: www.JoeBarcala.com

PRIMERA PARTE: anécdotas de escritores famosos…

En cierta ocasión, Dostoievski estaba sentado cerca de la ventana y fumaba. Acabó de fumar y arrojó por la ventana la colilla. Bajo la ventana había un expendio de queroseno. Y la colilla cayó justamente en un bidón de combustible. La llama pronto se convirtió en una columna. En una noche medio Petersburgo ardía. A Dostoievski, por supuesto, lo encarcelaron. Cumplió la condena, salió, el primer día caminó por Petersburgo, se encontró a Petrashevsky. No le dijo nada, solamente le estrechó la mano y lo miró a los ojos. Con firmeza.

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Miguel de Unamuno conversaba con Alfonso XIII tras recibir de su mano la Gran Cruz.

—Me honra, Majestad, recibir esta cruz que tanto merezco.

—¡Qué curioso! La mayoría de los galardonados aseguran que no se la merecen.

—Señor, en el caso de los otros efectivamente no se la merecían.

 

Mientras Jorge Luis Borges ejercía como profesor en la universidad, preguntó a una alumna su opinión sobre Shakespeare, a lo que ella contestó:

—Me aburre. Al menos lo que ha escrito hasta ahora.

Y el maestro concluyó:

—Tal vez Shakespeare todavía no escribió para ti. A lo mejor dentro de cinco años lo hace.

De su primera novela, “La hojarasca” (1955), García Márquez retiró un capítulo entero y años después fue encontrado en un canasto de papeles rotos por el poeta Jorge Gaitán Durán, quien le dijo que lo publicaría como si fuera un cuento. Lo titularon “Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo” (1968), el texto recibió buenas críticas y elogios.

Después de los primeros episodios de Las confesiones del caballero de industria Félix Krull, el novelista Thomas Mann interrumpió la obra, la publicó como relato corto y no volvió a ella hasta 32 años después. Cuando reanudó el trabajo, exactamente donde lo había dejado, no alteró ni una sola palabra de los fragmentos anteriores, y la novela resultante quedó tan bien equilibrada como todas sus otras obras.

Según varios eruditos, las dos últimas obras de Shakespeare, Enrique VIII y Dos parientes nobles, fueron escritas en colaboración con John Fletcher, otro dramaturgo inglés de aquel tiempo.

La obra maestra de Gustave Flaubert, Madame Bovary, una historia de amor brutal y realista que trataba sobre el adulterio, fue condenada como pornográfica cuando se publicó por entregas en un periódico en 1856, y Flaubert fue acusado de ofender la moral pública y la religión. La corte censuró el libro, pero absolvió a su autor. Aunque la novela estaba vendiéndose a miles, Flaubert dijo que deseaba tener bastante dinero como para comprar cada ejemplar, “arrojarlos todos al fuego y no volver a oír hablar del libro jamás”.

Aunque no estaba ciego, pero tenía vista deficiente, Aldous Huxley aprendió braille para poder dar descanso a sus ojos doloridos, sin tener que renunciar a la lectura, de la que tanto disfrutaba. Una de las compensaciones, decía Huxley, era el placer de leer en la cama en la oscuridad, con el libro y las manos cómodamente bajo los cobertores.

En 1942, durante el sitio de los nazis a Leningrado, el brillante teórico de la literatura Mijail Bajtin –fumador empedernido, tomado por el vicio– usó todas las páginas de un manuscrito para enrollar el tabaco y armar cigarrillos. ¿La obra perdida para siempre? Un libro sobre novelas de aprendizaje, que luego nunca reescribió.

Víctor Hugo, de vacaciones, estaba ansioso por saber la suerte que estaba corriendo la publicación de Los miserables, así que escribió a su editor esta sugestiva mivisa: “SÓLO UN SIGNO DE INTERROGACIÓN ERA TODA LA CARTA”. El editor le respondió: “CON SÓLO UN SIGNO DE ADMIRACIÓN” y de este modo participaron del intercambio epistolar más breve de la historia.

Siendo cónsul de Nicaragua en Francia, Rubén Darío asistió a una elegante fiesta en los Campos Eliseos de París. El suntuoso traje de etiqueta no ocultaba sus profundos rasgos indígenas; al cruzar el gran salón una rancia aristócrata, creyendo que el poeta no la entendería comentó: “A leguas se nota que es un indio, sólo le falta la pluma”, al escuchar esto Rubén Darío se regresó y en un perfecto francés le responde: “Se equivoca señora, la pluma la traigo aquí -sacándola de la bolsa- y estoy seguro que sé utilizarla mucho mejor que usted”.

De Balzac se aseguró que nunca conocería la fama porque no era un escritor importante y que al cabo de cien años nadie le recordaría.

William Shakespeare nació el 23 de abril de 1564 en Inglaterra, y 335 años después, un nuevo 23 de abril, vino al mundo en Rusia, el que luego sería famoso escritor Vladimir Nabokov, autor de la siempre polémica Lolita.

El original de Cien años de soledad constaba de 590 folios que el novelista envió en dos partes a la editorial Sudamericana de Buenos Aires, ya que no tenía dinero para remitir por correo la obra completa, y después fue a la casa de empeños a fin de conseguir el dinero para poder mandar el resto de la obra. Lo singular del caso es que envió, con los nervios, la segunda parte antes que la primera.

A la novela “Lolita” de Vladimir Nabokov, se la tildó de pornográfica desestimando la soberbia descripción psicológica de los protagonistas.

Isabel Allende siempre empieza sus novelas el 8 de enero -otros dicen que el 9-, y tiene la costumbre de escribir el tiempo que dura una vela encendida hasta que se consume por entera, o sea, unas 7 u 8 horas. En cuanto la vela se apaga, deja de hacerlo.

El profesor de física escocés James Lind fue quien inspiró a Mary Shelley su novela universalmente famosa Frankenstein. Había sido profesor de su marido, el poeta Percy Shelley, y los comentarios de éste sobre sus experimentos acerca de las ranas muertas a las que movía por medio de impulsos eléctricos, despertaron el interés de Mary Shelley hasta el punto de emplearlos más tarde en su novela.

Curiosa noticia referente a Charles Dickens, quien declaró en cierta ocasión que “su primer amor fue Caperucita Roja”, y que de haberla encontrado estaba seguro que hubiese sido muy feliz con ella.

Se han encontrado unas insólitas fotos de James Barrie, autor de Peter Pan, disfrazado de Capitán Garfio en una representación privada para los hijos del matrimonio Lewellyn. Estas fotografías pertenecen a la colección personal de la novelista Daphne Du Maurier, sobrina de la señora Lewellyn.

Cuenta José Luis Sanpedro que, cuando no se le ocurre ningún argumento para sus novelas, se planta en un bar y coloca un audífono de tal modo que pueda captar la conversación de la mesa de al lado, charla a partir de la cual inventa nuevas historias.

Alfred Hitchcock telefoneó en cierta ocasión a George Simenon y, cuando le respondieron que el señor Simenon no podía ponerse porque acababa de empezar una nueva novela, el cineasta respondió: ‘Bueno, espero’.

Nada más conocerse que le habían concedido el premio Nobel de literatura, un periodista le preguntó a Camilo José Cela:

-¿Le ha sorprendido ganar el premio Nobel de Literatura?

-Muchísimo, sobre todo porque me esperaba el de Física

En cierta ocasión, Patrick (el hijo de Ernest Hermingway) le dio a su padre un manuscrito y le pidió que se lo corrigiese. Poco después, se lo devolvió, pero Patrick parecía contrariado:

-¡Sólo me has cambiado una palabra!- le recriminó, como quien no hace bien su trabajo

-Si es la palabra correcta es más que suficiente- replicó Hermingway

Alejandro Dumas (padre), tras publicar el libro titulado “El vacío doloroso”, fue visitado por un amigo que le dijo:

– Es un título sin sentido. El vacío no puede ser doloroso

-¿Qué no? ¡Cómo se ve que nunca os ha dolido la cabeza, amigo mío!

En uno de sus viajes en tren por EEUU, Mark Twain se topó con el boletero y no encontraba su ticket. Tas una larga espera, con el escritor rebuscando por todos sus bolsillos, el hombre le dijo:

-Ya sé que usted es el autor de “Tom Sawyer”, así que no se moleste, estoy seguro de que ha extraviado el ticket.

Pero Twain seguía buscando y el boletero insistía en que no hacía falta, hasta que le confesó:

-Es que, si no lo encuentro, no sé dónde debo bajarme.

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