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Bulla Felix, el Robin Hood romano

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El Historicon

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Físico de formación, historiador de afición y voraz lector. Escribo el blog http://elhistoricon.blogspot.com.es/
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Todos conocemos la historia de Robin Hood, el ladrón que robaba a los ricos para dar el botín a los pobres. La importancia de su figura en el imaginario colectivo no se debe sólo a que socorriera económicamente a los que nada tenían, sino que también representa la lucha contra la rapacidad y la tiranía de unos gobernantes más preocupados en acumular riquezas y poder que en ocuparse de aquellos a los que gobernaban. Desde que la literatura y sobre todo el cine dieran a conocer la figura de este bandido, sus andanzas se han convertido en el arquetipo de la lucha contra el poder establecido.

 
Estela representando esclavos

Sin embargo, este personaje legendario no fue el primero en hacer estas cosas. A comienzos del siglo III de nuestra era, un bandido romano apodado Bulla Felix formó una banda de desheredados que repartía entre los pobres una parte de las ganancias que conseguía asaltando las caravanas comerciales entre Roma y Brindisi. Este bandolero gozaba de la simpatía de gran parte de la población, y sus andanzas dan para una gran novela de aventuras. Hombre de gran audacia, supo capitalizar gran parte del descontento que se generó en el convulso tiempo que le tocó vivir. Conozcamos las aventuras de este Robin Hood a la romana.

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Roma tras la muerte de Cómodo

Posiblemente, Cómodo fue uno de los peores gobernantes que haya dado Roma. Este emperador (conocido por ser el malo de la película “Gladiator”) gobernó según sus caprichos sin preocuparse demasiado de la política imperial. El imperio que asumió estaba debilitado por la Peste Antonina, un brote de viruela que se produjo entre los años 165 y 180 (durante el reinado de su padre y predecesor Marco Aurelio) y que diezmó a la población romana (cebándose sobre todo en las grandes ciudades y el ejército), pero fue durante su reinado cuando se sentaron las bases de la profunda crisis que sacudiría Roma durante todo el siglo siguiente. Dion Casio decía de él que “el reinado de Cómodo marcó la transición de un reino de oro y plata a uno de óxido y hierro”.

Sin embargo, este emperador era popular al principio entre el ejército y el pueblo. Esta popularidad se debía sobre todo a su generosidad, que se materializaba en constantes juegos de gladiadores gratuitos para el público y en los subsidios que tenían los ciudadanos por el simple hecho de serlo. Estos subsidios, llamados alimenta, permitían que una persona tuviera asegurada sus necesidades básicas, pero estimulaba a muchos a no trabajar. No obstante, era en el Senado donde la popularidad de Cómodo estaba bajo mínimos, debido en parte a su errática política y en parte a la instauración de asfixiantes impuestos a los senadores para poder financiar sus regalos y sus espectáculos.

 
Busto de Cómodo caracterizado como Hércules

Las relaciones entre Cómodo y el Senado se envenenaron definitivamente cuando el emperador, de forma deliberada, cambió el orden de los dos poderes del Estado. Así, el lema de Roma pasó de ser “Senatus Populusque Romanus” (“El Senado y el pueblo de Roma”, el famoso SPQR) a “Populus Senatusque Romanus” (“El pueblo y el Senado de Roma”). Hacia el final de su reinado empezó a perder el favor de aquellos que antes le adoraban. Entre las causas del descontento estaban sus extravagancias (el hecho de participar en combates amañados de gladiadores le suscitó el desprecio del ejército), una escasez de alimentos que se produjo en el año 190, y un gran incendio que devastó Roma en el año 192. Todo esto hizo que fuera asesinado el 31 de diciembre de dicho año, sucediéndole Publio Helvio Pertinax.

Pertinax, que probablemente estaba implicado en la muerte de Cómodo, se encontró con las arcas vacías. Para solucionar los problemas financieros del imperio, inició una reforma de los subsidios, restringiendo considerablemente los “alimenta”. Además, intentó convencer a la Guardia Pretoriana de que el soborno que les había prometido por hacerle emperador (sobornar a los pretorianos era un paso necesario entonces para llegar a la púrpura imperial) lo pagaría a plazos. Naturalmente, estas medidas le granjearon la antipatía inmediata del pueblo y de los pretorianos, y esa fue su perdición. Tras sólo 86 días de reinado, Pertinax fue asesinado por la Guardia Pretoriana el 28 de marzo del año 193.

 
Busto de Pertinax

Los pretorianos, sintiéndose dueños de la situación, subastaron directamente el trono imperial. El ganador de la puja fue el senador Didio Juliano, que ofreció 25.000 sextercios a cada soldado de la guardia (frente a su rival Tito Flavio Sulpiciano, suegro de Pertinax, que “sólo” ofreció 20.000). Esta indecente subasta provocó la ira de algunos gobernadores provinciales, que al mando de sus legiones se sublevaron y marcharon sobre Roma. Así, Pescenio Niger (gobernador de Asia Menor), Clodio Albino (gobernador de Britania) y Septimio Severo (gobernador de Panonia) se alzaron en armas contra el nuevo emperador. Tras una breve guerra civil, el ganador fue Septimio Severo, que se proclamó emperador el 9 de junio del año 193. Ese año se conoció como “El año de los cinco emperadores”.

Como es natural, todos estos episodios agravaron una crisis que ya estaba en marcha desde algunos años antes. Las consecuencias directas e inmediatas de esta crisis fueron el descrédito de la clase dirigente y el hecho de que la economía se transformó en autárquica, produciéndose una ruralización. La gente huyó de las ciudades desabastecidas para irse a trabajar las tierras de algún terrateniente en calidad de colonos, perdiendo algunos derechos a cambio de protección. Este fue el germen de la posterior sociedad feudal. Pero también se produjeron muchos casos de personas que, desesperados y sin nada que perder, se lanzaron al bandidaje como modo de vida. Es en estas circunstancias donde se producen las correrías de Bulla Felix.

Las andanzas de Bulla Felix

Tras leer el epígrafe anterior, podemos tener claro que había un grupo claro de personas de los que se nutría la delincuencia: los desesperados. Según Estrabón, la pobreza y la dureza de la tierra era una razón para que algunos se dedicaran al bandidaje. Sin embargo, este grupo no era el único de donde se nutrían las filas del bandidaje. Así, también se pasaban al lado oscuro inadaptados sociales y algunos que simplemente tenían una enorme avaricia y veían en esta forma de vida una manera rápida de enriquecerse. Como curiosidad, hay que decir que la palabra “bandido” era un insulto que se lanzaban entre sí los miembros de las clases altas cuando discutían entre ellos.

Apenas sabemos nada de Bulla Felix. Ni siquiera su verdadero nombre, ya que la palabra “bulla” hacía referencia a una pequeña bolsa con amuletos que llevaban los niños (y los generales triunfantes), y la palabra “felix” significa “afortunado, suertudo” (Bulla Felix sería entonces algo así como “el amuleto afortunado”). Curiosamente, muchos generales romanos adoptaban ese sobrenombre, por lo que no sería de extrañar que nuestro protagonista lo hubiera adoptado para parodiarlos. Tampoco sabemos nada sobre su origen, pero lo más probable es que fuera un colono huido de sus tierras o un militar retirado (incluso hay quien dice que podría ser un desertor del ejército).

 
Bulla romana

La principal fuente de información sobre sus andanzas es el historiador Dion Casio, quien fecha sus correrías entre los años 205 y 207. Por él sabemos que formó una banda de 600 miembros (entre los que había esclavos fugados, antiguos libertos, colonos arruinados y soldados desertores) que se dedicaba a asaltar las caravanas que circulaban entre Roma y Brundisium(Brindisi), un próspero puerto al sureste de Italia por el que llegaban abundantes mercancías a la capital. El número de 600 miembros no era casual, ya que éste era también el número de miembros del Senado (lo que constituía también una parodia del poder de Roma). Su forma de actuar era la siguiente: cuando asaltaba una caravana, exigía el pago de una cantidad. Si pagaba, la caravana podía continuar su camino, y si no lo hacía la banda de Bulla Felix se quedaba con la mercancía.

 
Mosaico representando colonos romanos

Las ganancias así obtenidas las repartía entre el pueblo y le servían para ayudar a una población que ya no podía depender de los subsidios que antes recibían del imperio. Esta forma de actuar le granjeó enormes simpatías entre la gente, lo que hacía que nadie lo delatara a pesar de las recompensas que se ofrecían por su captura. Eso, unido a su habilidad para ocultarse con su banda, hizo que Dion Casio (dejando traslucir su admiración hacia él) dijera en su “Historia Romana”:

Pues, aunque fue perseguido por muchos hombres y pese a que (Septimio) Severo siguió ansiosamente su rastro, nunca fue realmente visto cuando se le creía ver, nunca se le halló cuando se pensaba haberlo encontrado y nunca se le capturó cuando se creyó haberlo capturado, gracias a sus grandes sobornos e inteligencia

Asimismo, el apoyo de la gente permitía que la banda contara con una extensa red de espías que le informaba de los barcos con mejores mercancías, las caravanas mejor surtidas y de los movimientos de tropas que se destinaban a su captura.

La astucia del bandido

Así pues, la banda de Bulla Felix asaltaba todo lo que podía en las tres grandes vías que unían Brindisi a la capital (las vías Appia, la Regina Viarum y la Appia Traiana), campando a sus anchas por el territorio. Sin embargo, y a pesar de estar fuera de la ley y robar todo lo que se ponía a su alcance, Bulla Felix no era amigo de la violencia. Cuando precisaba de algún servicio, y para evitar que trabajar para él tuviera consecuencias legales, secuestraba a quien pudiera hacérselo y una vez acabado dicho servicio, liberaba al secuestrado con una generosa recompensa. Entre los “raptados” podía haber médicos que atendieran la enfermedad de alguno de sus hombres, artesanos que le fabricaran o repararan algún objeto e incluso músicos y actores para sus fiestas.

 
Situación de Brindisi

Dos anécdotas dan buena cuenta de la astucia y la valentía de este bandido. La primera ocurrió cuando dos de sus hombres fueron capturados y condenados a morir a manos de las fieras (Damnatio ad bestias). Bulla Felix se presentó en la cárcel donde estaban, disfrazado de enviado imperial. Una vez allí, solicitó que le dieran algunos hombres para un trabajo duro. Para que no sospechasen de él, no pidió directamente a sus hombres, sino que dijo que los hombres que necesitaba debían tener unas determinadas características (que naturalmente se ajustaban como un guante a los miembros detenidos de su banda). Su argumentación fue tan convincente, que los guardianes de la prisión le entregaron a sus hombres sin rechistar.

La segunda anécdota ocurrió cuando la recompensa que se ofrecía por su cabeza era ya muy alta. Un centurión andaba recorriendo la región buscando a alguien que estuviera dispuesto a delatarle. Bulla Felix se acercó a él fingiendo ser un alguien del lugar resentido con la banda y le ofreció conducirlo al lugar donde se ocultaba su jefe. Cuando iban hacia ese supuesto escondite, el centurión cayó en una emboscada de los hombres del bandido. Bulla Felix se vistió a la manera de los magistrados y sometió al centurión a juicio. Naturalmente, dicho centurión fue condenado a muerte; sin embargo, Bulla Felix graciosamente le conmutó la pena por la de raparle parcialmente la cabeza (al igual que se hacía con los esclavos). Acto seguido lo dejó en libertad con un mensaje para sus superiores: “Dile a tus amos que alimenten mejor a sus esclavos si quieren evitar que se conviertan en bandidos”.

La captura

Por regla general no se invertían muchos recursos para capturar a los criminales. La lucha contra la delincuencia estaba a cargo de las autoridades locales, que veían su labor muy entorpecida por la ausencia de una fuerza organizada de policía. Sólo en los casos en que el problema alcanzara una gran dimensión o hubiera un odio personal, los gobernantes locales pedían tropas a Roma para atajar el problema. Estas pudieron ser las causas de que se empezaran a dedicar más recursos para capturar a Bulla Felix. Se dice que el emperador Septimio Severo, que había empezado una serie de exitosas campañas militares para estabilizar las fronteras del imperio, se indignó ante la noticia de que le estaban robando ante sus propias narices y nadie hacía nada para evitarlo.

 
Busto de Septimio Severo

Así pues, se envió a un tribuno militar al mando de numerosas tropas para capturar a la banda de Bulla Felix. Esas tropas incluían caballería, lo que nos da un indicio de la importancia que Severo dio a esta operación. Además, el emperador dejó claro que los responsables lo pagarían caro si fracasaban en su misión. No obstante, la simpatía con la que contaba el bandido entre la población civil le permitió eludir los intentos de capturarle. No había nadie que estuviera dispuesto a delatarlo o traicionarlo. Sin embargo acabó por caer, y como ocurre en muchas ocasiones, por culpa de una mujer.

Bulla Felix mantenía una relación furtiva con una fémina. El problema era que esa fémina estaba casada. El esposo acabó enterándose y obligó a su mujer a confesar dónde y cuándo sería la próxima cita (el modo en que se obtuvo la información es mejor no saberlo). A continuación, el engañado marido y la llorosa esposa acudieron al tribuno imperial para darles dicha información a cambio de inmunidad para ambos. Cuando el día y la hora llegaron, los soldados capturaron desprevenido a Bulla Felix. Inmediatamente fue llevado a Roma, donde fue interrogado por el prefecto de los pretorianos que le preguntó por qué se había hecho bandido. Bulla Felix contestó: “Bueno, ¿por qué eres tú prefecto?”, dejando claro que no había diferencia entre ellos, pues si él robaba fuera de la ley, el prefecto lo hacía dentro de ella.

 
Soldado pretoriano

El diálogo puede ser perfectamente inventado, pues existen variaciones sobre esta misma conversación en otros momentos y con distintos personajes. Así, se cuenta que Alejandro Magno preguntó a un pirata capturado lo que lo llevó a tener esa vida, y el hombre respondió: “Lo mismo que yo hago con un barquito y me llaman bandido, lo haces tú con una flota grande y te llaman emperador“. Asimismo, una historia similar fue contada sobre el esclavo fugitivo Clemens, que se hacía pasar por Agripa Póstumo y dirigía una banda de rebeldes, cuando fue capturado y llevado ante Tiberio. El emperador le preguntó cómo se había convertido en impostor y jefe de criminales y él contestó: “Del mismo modo que tú te convertiste en César“.

Bulla Felix fue condenado a morir a manos de las fieras del circo. La generosidad que él había demostrado no la obtuvo de sus captores. Privados de su líder, su banda no tardó en disolverse. Las rutas entre Roma y Brindisi volvían a ser seguras.

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