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Cabalgadas, las incursiones españolas por el norte de África

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El Tio-Abuelo Penradock

Licenciado en Historia y diplomado en Archivística y Biblioteconomía. Fundador y director de la revista Apuntes (2002-2005). Creador del blog El Viajero Incidental. Bloguer de historia, cine, viajes y turismo desde 2009. Editor y colaborador en varios blogs.

E estas cavalgadas son en dos maneras. Las unas se facen consejeramente, é las otras encubierto. E aquellas son consejeras, do va tan gran poder de gente, pues se atreven a armar tienda ó hacer fuegos…La otra que se face encubiertamente es, cuando son los que van en las cabalgadas poca gente, ó han tal fecho de facer que no quieren ser descubiertos… (Ley de las Siete Partidas)

Las hicieron los micénicos por el Mediterráneo oriental y los pictos contra los britanos; también los bárbaros aprovechando el desplome del Imperio Romano; son famosas las de los vikingos contra las Islas Británicas y las que protagonizaban Almanzor o el Cid por la Península Ibérica. Las incursiones militares más o menos rápidas y contundentes por territorio enemigo constituyeron una eficaz estrategia usada a lo largo de toda la Historia con múltiples objetivos: sembrar el pánico, ejercitar a la tropa, obtener beneficios del saqueo, fijar al adversario potencial en su territorio y aprovechar períodos de inactividad estacional para mantener ocupada a la gente.

 

De cara a su desarrollo posterior, fueron especialmente características en la Edad Media, a raíz del expansionismo mahometano que, en realidad, no hacía sino continuar una costumbre beduina anterior. En las zonas fronterizas y otros lugares donde la coyuntura les era propicia, como pasaba entre los reinos cristianos y los musulmanes de Al Ándalus, eran practicadas por ambos bandos. Al fin y al cabo, el significado de la palabra aceifa, que es como se conocían esos golpe de mano en la lengua andalusí (ṣáyfa), era una referencia a la cosecha, ya que se llevaban a cabo en verano, al terminar la temporada agrícola.


Una aceifa

Los cristianos no tardaron en adoptar esa estrategia, cambiándole el nombre por aldara o cavalgada, y con la misma extensión que los musulmanes, pues si éstos no tenían tapujos en atacar correligionarios, como se hizo frecuente en la época de los taifas, aquéllos tampoco los tuvieron en guerrear entre sí en campañas estivales que proporcionaban esclavos y recursos para afrontar el siguiente invierno, especialmente bienvenidos cuando las cosechas no eran todo lo buenas que se esperaba. La nomenclatura se completaba con el francés razzia (que al igual que la palabra castellana algara procedía del argelino gáyiza) y servía para designar, en suma, una correría por un país enemigo sin más objeto que el botín, ya fuera éste material o humano.

 

La cosa llegó a arraigar tan intensamente que, cuando terminó la Reconquista y se dio el salto al Nuevo Mundo, los primeros conquistadores las practicaron a menudo contra los indios, bien para capturar esclavos, bien como operaciones de castigo. Por ejemplo, según estudios de las cuentas consignadas en la documentación de la Real Hacienda entre 1514 y 1519, en tiempos del gobernador Pedrarias, el oro obtenido de los saqueos a poblados indígenas suministraba el mayor beneficio fiscal a la Corona de todos los impuestos que se cobraban en la gobernación de Castilla del Oro (Solórzano&Quirós Vargas: Costa Rica en el siglo XVI: descubrimiento, exploración y conquista). Allende los mares, esas incursiones adoptaron su propia denominación: malocas.

 

Españoles e indios en una ilustración clásica de Theodore De Bry

Y mientras, en el mundo mediterráneo no sólo continuaron sino que se recrudecieron. El intercambio de fulminantes asaltos anfibios entre españoles e ingleses en sus respectivos territorios sólo fue un pequeño episodio en comparación con las correrías de los corsarios otomanos y berberiscos, que asolaban el litoral peninsular e insular con mucha frecuencia y fruto de lo cual han quedado, como testigos mudos, las abundantes atalayas de vigilancia que hoy salpican el Levante. Esos picotazos de alcance limitado pero catastrófico en el ámbito local, esporádicos aunque continuos en el tiempo, crearon el miedo a que alcanzaran una dimensión mayor y se convirtieran en toda una campaña de ayuda logística y militar a los moriscos. El temor era infundado y así lo demostró la Historia más allá de algunas iniciativas individuales y aisladas o el suministro contrabandístico de armas, pero prendió lo suficiente como para, junto a otros factores políticos y socioeconómicos, determinar a la Corona a expulsar a ese colectivo.

No obstante, frente a lo que se cree comúnmente, los musulmanes no fueron los únicos en operar en el Mediterráneo de esa forma. Desde los Reyes Católicos -en realidad antes ya- se concebía el norte de África como la frontera natural y estratégica del mundo cristiano en general y del hispano en particular. Hay referencias desde la Alta Media, pues el mismo Cid Campeador dice en un pasaje del poema homónimo que espera conseguir parias (los tributos que pagaban los taifas a los cristianos) en Marruecos , al igual que en el siglo XIII Fernando III, tras conquistar Sevilla, manda construir barcos para seguir su expansión allende el Estrecho. Asimismo, buena parte de la financiación que permitió terminar expulsando a los mahometanos peninsulares provenía de las expediciones que se hicieron habituales a lo largo del siglo XV.

El Cid y Alvar Fáñez (Angus McBride)

Por eso la costa norteafricana estaba tachonada por una serie de presidios y bastiones que se extendían desde el actual Marruecos hasta Libia y que servían no sólo como puertos para las flotas que operaban contra los berberiscos sino también como bases desde las que llevar a cabo rápidas incursiones terrestres a territorio enemigo, de manera que se invertían los papeles de la Península Ibérica. No hablo de las grandes operaciones con miles de soldados y decenas de barcos (Orán, Túnez. Argel…) sino de golpes de mano realizados por sorpresa y con gran rapidez empleando apenas un puñado de hombres en lo que comúnmente se conocía como guerra ordinaria. Les iba en ello la supervivencia y no sólo por mantener a raya al adversario o castigar el impago de la romia (un impuesto en grano) sino también porque, dadas las dificultades logísticas que requería, era frecuente la imposibilidad de recibir suministros básicos desde el exterior y se veían obligados a buscarlos por sí mismos por su entorno: víveres, madera, carbón, etc.

 

Y es que pese al importante número de unidades que en 1574 integraban las escuadras de galeras, 46, tras la batalla de Lepanto y la caída de La Goleta esa cifra empezó a descender progresivamente, de manera que cuando Felipe III heredó al corona en 1598 ya sólo había 21 y en 1604 se redujeron a una decena. Consecuentemente, se procuró concentrar en un único viaje el aprovisionamiento de los presidios, siguiendo una ruta que empezaba en el Puerto de Santa María y seguía, uno tras otro, por la recogida de bastimentos en Sevilla y Málaga, para después pasar a Melilla, el peñón de Vélez de la Gomera y Mazalquivir, regresando a reaprovisionarse a Cartagena y Barcelona, y zarpando de nuevo a Orán. Luego hubo que añadir Larache.

 

Plazas fuertes españolas en el norte de África

Y no sólo, pues se contaba con una base excepcional en el archipiélago canario, desde donde empezó a haber cabalgadas ya en tiempos de Jean de Bethencourt. En su libro Los libertos en la sociedad canaria del siglo XVI, Manuel Lobo Cabrera reseña haber contabilizado ciento cincuenta y siete cabalgadas entre 1500 y 1600 partiendo de los puertos orientales de Canarias; al fin y al cabo Carlos V había concedido patentes para ello hasta que su hijo Felipe II las prohibió en 1572 porque “demas del  riesgo a  queha la  gente  que  fuere a  ellas es  de mucho  inconveniente a nuestro servicio”. Ello empobreció la economía local y favoreció que las islas experimentasen un recrudecimiento de la situación contraria, la de ser un jugoso objetivo para los piratas berberiscos.

 

Eso llevaba a la necesidad de combinar el desarrollo de relaciones comerciales con la realización de razzias que en ese escenario se denominaban cabalgadas,. Consiguientemente, eso implicaba distinguir entre moros de paz” y moros de guerra”, distinción que se ampliaba con la que se establecía entre alábares (los que habitaban en el campo) y moros a secas (los que convivían en la ciudad con los españoles); las diferencias apuntadas no siempre resultaban tan definidas en la práctica. Caso aparte era el de los mogataces, moros que se alistaban al servicio de España como auxiliares y que solían participar como exploradores, como informadores y como soldados; siempre demostraron gran fidelidad y, de hecho, sin sus servicios hubiera sido imposible hacer cabalgadas.

Los reparadores de alfombras (Rudolf Swoboda)

Las cabalgadas se hacían fundamentalmente contra aduares (poblaciones pequeñas que a veces ni siquiera tenían construcciones arquitectónicas y estaban formadas por jaimas), previa labor de obtención de información sobre su grado de indefensión mediante los citados mogataces, comerciantes o espías, por lo que no era necesaria una fuerza numerosa. De hecho, resultaba más práctico una del tamaño mínimo imprescindible, primero porque no se podía desguarnecer el presidio y segundo porque la rapidez era la clave para dar el golpe y retirarse antes de que le llegara auxilio al adversario.

 

Esa es la razón por la que los cabalgadores elegidos prescindían de protecciones, llevando sólo sus armas y raciones “de mochila” para dos o tres días, pues no era recomendable estar más tiempo extramuros y, de todas formas, la distancia no solía sobrepasar unas decenas de kilómetros. La Instrucción para el cargo de capitán general de Orán al conde de Aguilar dictada por Felipe III en 1608, establecía algunas condiciones en ese sentido, diciendo textualmente que “por evitar algunos ynconbenientes que han subçedido de las cabalgadas que se hazen de ordinario haveis de tener la mano en lo hazerlas si no fueren quando no se pudieren escusar y conbiniere y si se hizieren algunas en que se a menester que la gente duerma fuera una noche esta ha de ser sola y no mas (…) y mando que en tal casso para las dichas pressas y cabalgadas no podais sacar mas de la tercia parte de la gente que hubiereen cada una de las dichas fuerzas”.

 

Orán (Vicent Mostre)

 

Tras una marcha hacia el objetivo, se dejaba parte de la impedimenta en un lugar a salvo, conocido como celada, y se lanzaba el ataque con las primeras luces de la aurora, en cierto paralelismo con las encamisadas de los Tercios en Europa. Se procuraba generar confusión en el aduar, de ahí que a gritos y disparos se sumasen el redoblar de tambores y el estrépito de trompetas y pífanos. Si los otros ofrecían resistencia se pasaba a cuchillo a unos cuantos pero no muchos porque parte del objetivo era llevarse cautivos. Solía decapitarse a los cadáveres enemigos y cargar con las cabezas para colgarlas en las murallas y torres del presidio, a manera de advertencia; si en la guerra normal no había tapujos, en la psicológica tampoco y el enemigo hacía cosas parecidas. Tiempos duros.

 

Pero antes había que llegar y desandar el camino, aunque no solían ser más de unas pocas leguas para evitar quedar aislados en territorio hostil, era el momento más peligroso porque en ayuda de los aduares solían enviarse contingentes de caballería. A veces los españoles que habían protagonizado una cabalgada contaban con algunos jinetes de refuerzo pero otras muchas no; en cualquiera de los dos casos solían terminar peleando a pie, incorporados a las formaciones en cuadro que recurrían a picas y arcabuces, con los prisioneros y los heridos en el medio. Y así continuaba la marcha, rechazando carga tras carga, hasta que aparecía en lontananza el perfil del presidio y todo terminaba.

Escena de una cabalgada (Shen Fei)

Venía entonces el esperado momento de echar cuentas. Primero, los comisarios designados ad hoc descontaban los costes, que incluían reparaciones de equipo, indemnizaciones por pérdida de caballos, manutención de los esclavos, pago a informadores y el quinto real (que el monarca solía ceder al gobernador local). Luego repartían las ganancias proporcionalmente al papel desempeñado, pues no cobraba igual un piquero que un arcabucero, un infante que un jinete, un soldado que un mulero, etc. Si la cosa se había dado bien se podía obtener el equivalente a un mes de salario. Al igual que pasaba a la inversa con los cristianos cautivos de Argel, los emolumentos salían de la venta de los esclavos o del pago de su rescate si tenían importancia suficiente, aunque aparte estaba lo conseguido personalmente en el saqueo (no mucho, por regla general, ya que los aduares eran bastante pobres).

 

En un artículo para la revista Desperta Ferro, Luis Fernando Fé Cantó detalla el resultado de una cabalgada realizada en 1571 desde Orán y sacada del testimonio de Diego Suárez Montañés, un soldado asturiano: se tomaron 357 esclavos, 300 bestias de carga, 200 vacas y 2.000 cabezas de ganado menudo. La venta del botín ascendió a 157.298 reales, de los que 20.000 se reservaron para el quinto real y unos 58.000 se usaron para cubrir los costes; el resto, 79.000 reales, se dividió en partes según el rango entre el capitán general, los oficiales y los soldados. En este sentido cada infante recibió 52 reales, aproximadamente la cantidad de un mes y medio de soldada.

 

Mapas de la costa de Berbería por Mercator

El Fuero sobre el fecho de las cavalgadas, un códice en pergamino escrito en el siglo XV (que se intentó atribuir falsamente a Carlomagno), es una compilación de leyes militares tomadas de fueron municipales con el que se trataron de reglamentar aquellas incursiones. Y aunque la referencia es medieval, resulta interesante ver algunas de las condiciones estipuladas: proscribir y dejar fuera del reparto por traidor a quien abandone a un compañero; prohibir “despollar omes, ni robar, ni toller ningunas [cosas] de la cavalgada, ante que el campo sea desbaratado, dando en el alcanço contra los enemigos”; perseguir al “que furtare algunas cosas de la cavalgada” y una vez capturado que “pierda su parte et sea trasquilado en cruces”; indemnizar a los heridos; multa para todo aquel que se vaya de la lengua y descubra el plan, etc.

 

Puede considerarse una forma de vida algo sucia pero es que los destinados al norte de África -a menudo condenados, desertores o pardillos reclutados con la promesa de servir en Italia- eran un tanto especiales: despreciaban a sus compañeros de los Tercios, a los que no consideraban capaces de aguantar allí porque se encontrarían un estilo de guerra muy específico, hasta el punto de que no había tercios en esa tierra sino únicamente compañías. La dureza de sus condiciones, con pagas atrasadas, escasez de víveres, imposibilidad de salir del recinto para no caer en emboscadas y frecuentes epidemias no hacía mella en su firme determinación de supervivencia y, así, cualquiera de ellos podría firmar aquellas palabras que, según testimonio del embajador veneciano Navagero en 1546, le dijo Carlos V al Papa en su último encuentro: “Estoy empezando a temer que Dios pretenda que todos nosotros nos convirtamos en musulmanes; ¡pero ciertamente pospondré mi conversión hasta el último momento!”

 

BIBLIOGRAFÍA:

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BRAUDEL, Fernand: El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II.

FÉ CANTÓ, Luis Fernando: La vida del soldado en los presidios africanos de la Monarquía Hispánica (revista Desperta Ferro, n.º especial IX)

FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo: Armada española desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón.

GARCÍA HERNÁN, Enrique y MAFFI, Davide (editores): Guerra y sociedad en la Monarquía Hispánica: política, estrategia y cultura en la España Moderna (1500-1700)

KAMEN, Henry: Carlos emperador. Vida del rey césar.

LOMAS CORTÉS, Manuel: Galeras y aprovisionamiento de presidios (1497-1610) (revista Desperta Ferro, n.º especial IX)

SALAFRANCA ORTEGA, Jesús F: La cuestión de las cabalgadas canarias a Berbería

SUÁREZ MONTAÑÉS, Diego. Historia del Maestre último que fue de Montesay de su hermano don Felipe de Borja. La manera como gobernaron las plazas de Orán y Mazalquivir, reinos de Tremecén y Ténez

VVAA (José Antonio Martínez Torres, director): Circulación de personas e intercambios comerciales en el Mediterráneo y en el Atlántico (siglos XVI, XVII y XVIII)

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