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El Tio-Abuelo Penradock

Licenciado en Historia y diplomado en Archivística y Biblioteconomía. Fundador y director de la revista Apuntes (2002-2005). Creador del blog El Viajero Incidental. Bloguer de historia, cine, viajes y turismo desde 2009. Editor y colaborador en varios blogs.

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La década de los setenta había empezado con un aire prometedor en Arizona. Por un lado, Jerónimo todavía no era más que un desconocido, un guerrero del montón al que ni siquiera sus compañeros consideraban más que un tipo raro, algo ingenuo -solían tomarle el pelo- y enloquecido por el asesinato de su familia. Por otro, estaba el gran jefe carismático que, después de trece años de guerra, había manifestado por fin su voluntad de negociar con los blancos. Se trataba de Cochise, jefe de los apaches chokonen, una de las cuatro ramas de los chiricahuas, que hasta entonces había sido un ejemplo de irreductibilidad por el odio que se había instalado en él debido a un incidente similar al sufrido por Jerónimo.

En 1861, le culparon injustamente del importante robo de ganado a un colono junto con el secuestro de su hijo de doce años. En realidad, el apache se encontraba a un centenar de kilómetros del lugar de los hechos, en territorio mexicano, cuando éstos ocurrieron; pero el bisoño teniente enviado a entrevistarse con él, George Nicholas Bascom, de veinticinco años, decidió aprovechar la ocasión para hacer méritos y vulnerando las condiciones pactadas, detenerle junto con su esposa, su hermano, sus dos hijos y dos sobrinos, que le acompañaban confiados.

No se conservan fotos de Cochise. Las imágenes que hay de él son reconstrucciones de artistas a partir de descripciones

El indómito Cochise consiguió escapar rajando de pronto con su cuchillo la lona de la tienda donde hablaban; los soldados quedaron tan sorprendidos que cuando empezaron a dispararle ya se había puesto a salvo. Eso sí, con dos heridas: una leve, de un balazo en la pierna; la otra profunda, el tener que dejar presa a su familia sin que el obcecado teniente aceptara luego intercambiarla por varios rehenes que tomaron los apaches para ello y que, ante esa negativa, acabaron muertos. Bascom se vengó ahorcando a sus familiares varones cautivos.

Victorio, jefe de los apaches chihenne (mimbreños) y uno de los grandes combatientes de las guerras que habían teñido de sangre Nuevo México, contó que después de esa traición su amigo Cochise juró no volver a buscar la paz. Y, en efecto, desató el pánico entre los colonos con sus súbitos ataques y el característico ensañamiento que practicaba con los vencidos, siempre contestado por el enemigo, lo que le hizo perder, por ejemplo, a su suegro Mangas Coloradas de forma infame (torturado y asesinado cuando era prisionero).

La leyenda de Cochise fue agrandándose y alcanzando tintes míticos con el tiempo, pero en 1870 cumplía setenta años y estaba cansado de luchar, mostrándose dispuesto a abandonar sus correrías siempre que las condiciones fueran honrosas. Lamentablemente, una vez más, el encargado de negociar con él fue un agente gubernamental llamado William Arny, carente de la flexibilidad necesaria, que se empeñó en que los chiricahuas debían asentarse en una reserva al otro lado del Río Bravo, territorio de los mescaleros. Éstos no suponían un problema porque eran amigos de los chiricahuas, pero Cochise no estaba dispuesto a abandonar su tierra. No hubo acuerdo y la población de Arizona redobló su odio hacia los indios mientras éstos volvían a sus acciones guerrilleras.

Camp Grant en 1870

No todas las tribus apaches eran tan belicosas, pero eso no evitó su desgracia. Los de la zona oeste, montañas blancas o coyoteros, San Carlos y tonto, abrumados por la enorme cantidad de blancos que llegaban a Arizona, decidieron probar la vía pacífica y pusieron sus ojos en Camp Grant, un puesto de un puñado de casas de adobe construido en la confluencia de los ríos Aravaipa y San Pedro, a noventa kilómetros de Tucson. Aquel sitio estaba al mando del teniente Royal Emerson Whitman, un militar de treinta y siete años muy aficionado a la bebida (como la mayoría) pero de mente los suficientemente abierta para tratar de tender puentes con los indios.

Cuando, en febrero de ese año, un grupo de mujeres apaches se acercaron al fuerte con bandera blanca para pedir agua y solicitar la devolución del hijo de una de ellas, que en realidad se había escapado, Whitman las acogió incitando así a los demás a acercarse sin miedo; en efecto, días después llegaron ciento cincuenta apaches aravaipas con su jefe Eskimizin al frente para comprar manta (la tela con que los blancos cubrían los caballos y que los indios usaban para confeccionar sus vestiduras) y buscar protección frente a las partidas que organizaban los colonos contra ellos.

Los aravaipa estaban hambrientos y enfermos pero rechazaron la propuesta de Whitman de instalarse en una gran reserva al norte porque aquél era territorio de los montaña blanca y además no crecía el magüey, el cacto del que sacaban multitud de productos, así que el militar les dejó establecerse allí mismo, ofreciéndoles comida, ropa y dos céntimos por cada kilo de heno que cosecharan para alimentar a los caballos del ejército. El efecto llamada hizo que acudieran también los apaches pinales; más de medio millar de indios levantaron sus tiendas y en un par de meses recogieron ciento cincuenta mil kilos de heno, colaborando además con los granjeros en las cosechas de cebada y maíz. Un simple teniente había triunfado por medios pacíficos donde antes se estrellaron generales con bayonetas detrás. Pero la tragedia estaba por llegar.

El teniente Royal Emerson Whitman

En primavera, como pasaba cada año, se secó el río Aravaipa Creek y Eskimizin pidió permiso para trasladarse ocho kilómetros más arriba. Whitman se lo concedió con reparos, más que nada porque a tanta distancia aquellos apaches quedaban fuera de su protección. Y la necesitaban porque para los habitantes de Tucson, en su mayor parte mineros, jugadores y comerciantes enriquecidos con la Guerra de Secesión, el único indio bueno era el indio muerto, según el mantra que se repetía de un lado a otro del país y que más tarde haría suyo el general Sheridan. Algunos historiadores destacan que el comercio en Tucson había decaído al llegar la paz porque la política conciliadora del presidente Ulysses Grant reducía los fondos con que se pagaba a los indios por no combatir y, consecuentemente, éstos carecían de dinero para ir a comprar manta y otras cosas, echándose de menos la prosperidad que hubo en tiempos de guerra.

La gente de Eskimizin era tranquila pero los asaltos registrados en varios puntos, especialmente el salvaje asesinato de unos granjeros en Sonita, enardecieron los ánimos y en esas situaciones no se suelen hacer distingos. Por otra parte, y salvo excepciones, los blancos no sabían diferenciar las ramas que formaban la familia apache o incluso tribus distintas, metiendo en el mismo saco de los apaches, que eran de lengua atabascana, a los yavapais y los mojave, de lengua yuma y más agresivos con los colonos en aquellas fechas.

Ulysses S. Grant

Por tanto, los vecinos recuperaron el Memorando de declaraciones, una recopilación de testimonios acusadores narrados en primera persona por los afectados que ya se había presentado tiempo atrás al gobierno y, ante la nueva falta de respuesta de éste, organizaron un Comité de Seguridad Ciudadana al frente del cual estaba William S. Oury, un superviviente de El Álamo que hacía incendiarios discursos y que, en colaboración con un mexicano veterano de la lucha contra los apaches llamado Jesús María Elías, formó un grupo de autollamados vigilantes armados para atacar Camp Grant: eran seis estadounidenses, cuarenta y ocho mexicanos y noventa y dos indios papago, rama de los pima, que curiosamente eran cristianos desde la evangelización española pero también enemigos ancestrales de los apaches por haber sufrido sus razias desde el siglo XVIII, debido a la properidad que les otorgaba la práctica de la agricultura.

El amanecer del día 30 de abril la cuadrilla, dividida en un par de columnas, atacó el campamento indio por sorpresa; los dos únicos centinelas fueron asesinados mientras jugaban a las cartas, dándose la circunstancia de que la mayoría de los guerreros estaban ausentes, de caza, así que los incursores apenas tuvieron oposición. La matanza, más que batalla, duró apenas media hora y al finalizar había entre ciento veinticinco y ciento cuarenta y cuatro apaches muertos sin haber tenido ocasión de coger sus armas para defenderse, entre otras cosas porque sólo ocho eran hombres; el resto, mujeres y niños. Curiosamente Eskimizin sí estaba pero sobrevivió poniéndose a salvo al principio del tiroteo.

William S. Oury

Varias horas después llegaron los soldados y se quedaron espantados con el espectáculo. Los cadáveres presentaban heridas de flecha y armas de fuego pero algunos que sólo tenían heridas, habían sido rematados aplastándoles el cráneo a golpes; varias mujeres habían sufrido claramente violación antes de morir y prácticamente ningún cuerpo estaba sin mutilar, incluyendo algún bebé, según anotó el cirujano militar. Para rematar aquella infamia, los papagos se habían llevado una treintena de papooses, es decir, niños, para venderlos como esclavos en Sonora. El ejército únicamente lograría rescatar a siete.

El trabajo de Whitman había quedado arruinado. Aravaipas y pinales escaparon a las montañas y ningún intérprete quiso ir en su busca para convencerles de que regresaran, ni aún cuando ofreció cien dólares de su bolsillo a cada uno, una fortuna para ellos. Así que sólo pudo hacer una cosa: ir al campamento y enterrar a los muertos en un acto de humanidad que persuadiera a Eskimizin. Dio resultado y los aravaipas, comprendiendo que los soldados no habían participado en la carnicería, volvieron envueltos en contenido dolor.

Un indignado empresario local llamado William Hopkins Tonge envió una denuncia al Bureau of Indian Affairs (Oficina de Asuntos Indios, creada en 1824 para evitar la extinción de los indígenas de EEUU) pero la opinión pública de Arizona vio aquel episodio de forma opuesta, felicitando los periódicos a los vigilantes y describiendo la masacre como algo necesario. Ulysses Grant, en cambio, se llevó un enfado monumental ante lo que llamó “un puro crimen” y exigió al gobernador del territorio (Arizona no sería un estado hasta 1912) que procesara a los culpables o impondría la ley marcial.

Gente esperando el inicio del proceso a la puerta del juzgado de Tucson

Así fue cómo empezó un macrojuicio contra cien de los implicados. Sólo que tuvo lugar en Tucson, donde el apoyo hacia ellos era casi absoluto. El proceso, que incluía ciento ocho cargos de asesinato, duró apenas cinco días y, al final, a un jurado compuesto por amigos de los acusados le bastaron diecinueve minutos de deliberación para dictar un veredicto de no culpables. La ciudad vivió días de fiesta y en las elecciones locales celebradas al mes siguiente Oury resultó elegido concejal (hoy en día Tucson conserva un parque con su nombre) y uno de sus compinches alcalde; incluso hubo un puesto para el hermano de Juan Elías, en la perrera municipal.

La cara amarga fue para los apaches, que recogieron sus tiendas y se marcharon temiendo nuevos ataques. Pero también para el teniente Whitman, que tuvo que afrontar hasta tres consejos de guerra por cuestiones personales que azuzó la prensa local: le acusaban de alcohólico y de haber originado aquel lío al tratar demasiado bien a los apaches debido, añadían, a que le gustaban las mujeres indias. El tribunal no picó y desestimó el caso pero Whitman quedó marcado para siempre y su carrera se estancó, debiendo retirarse antes de tiempo.

Diablo, John clum (agente de la reserva de San Carlos) y Eskimizin

Diablo, John Clum (agente de la reserva de San Carlos) y Eskimizin

Los aravaipas dejaron su territorio (que nunca recuperarían) para buscar refugio entre los yavapai, uniéndose a ellos para tender emboscadas a los blancos y pasando así de indios pacíficos a belicosos. Los yavapai vivían en la cuenca del Tonto, que sería donde los años siguientes realizaría su campaña el general George Crook, en el contexto de lo que ya eran las Guerras Apaches.

Porque no les habían dejado más salida y si el enfermo Cochise alcanzó un acuerdo con el general Oliver Otis Howard, el aravaipa Eskimizin, demostró cómo estaban las cosas con un acto tremendo: se reunió con un granjero blanco amigo suyo, uno de los pocos que le habían mostrado afecto y que le invitó a cenar; al terminar, el jefe indio lo mató a tiros explicando a los suyos que “cualquiera puede matar a un enemigo, pero hace falta ser muy fuerte para matar a un amigo”. O sea, no había vuelta atrás.

BIBLIOGRAFÍA:

-ROBERTS, David: Las Guerras Apaches.

-BROWN, Dee: Enterrad mi corazón en Wounded Knee.

-OLIVER, Victoria: Pieles rojas. Encuentros con el hombre blanco.

-VVAA: Culturas de los indios norteamericanos.

-COLWELL-HANTHAPHONH, Chip: Massacre at Camp Grant. Forgetting and remembering apache history.

-SWEENEY, Edwin R: Cochise. Chiricahua apache chief.

-HALEY, James L: Apaches. A history and culture portrait.

THRAPP, Dan L: The conquest of Apacheria.

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Categorías: Historia

El Tio-Abuelo Penradock

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