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Colonias o virreinatos. Una polémica superada

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El Tio-Abuelo Penradock

Licenciado en Historia y diplomado en Archivística y Biblioteconomía. Fundador y director de la revista Apuntes (2002-2005). Creador del blog El Viajero Incidental. Bloguer de historia, cine, viajes y turismo desde 2009. Editor y colaborador en varios blogs.

España no tenía colonias sino virreinatos”. Esta coletilla surge inmediata e inevitablemente cuando algún artículo habla del sistema colonial español y suele dar pie a broncos debates en los que ambas partes contendientes acostumbran a intercambiar pocos argumentos y muchos exabruptos, cuando lo cierto es que la respuesta, pese a lo que pueda pensarse a priori, no resulta sencilla -nunca lo es en Historia- y requiere un análisis profundo, abierto y, sobre todo, templado.

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Luego veremos que a la postre habrá que recurrir a la semántica misma pero, antes, centrémonos en la cuestión de partida: ¿España tuvo virreinatos y no colonias? Como siempre, la simplificación resulta engañosa. La presencia española en América fue muy prolongada y duró entre su descubrimiento por Colón y la pérdida de las Grandes Antillas en 1898 que supuso la ruptura definitiva de España con ultramar; es decir, cuatrocientos años en los que las estructuras administrativas fueron cambiando de naturaleza y de nombre, adquiriendo diferentes estatus.

La colonia

Desde que las naves de Colón llegaron al Caribe hasta que la degradada situación en el gobierno del recién conquistado México llevó a Carlos V a decidir instaurar en 1535 la figura de un virrey por primera vez en el Nuevo Mundo (si exceptuamos al propio Colón y su hijo porque no gobernaban sobre un territorio definido aún); desde entonces, digo, pasaron nada menos que cuarenta y tres años; casi medio siglo de indefinición jurídica, período que sería más amplio aún en el caso del resto de territorios, pues el de Perú le siguió en 1542 (nueve años después de la ejecución de Atahualpa y algo más de un año más tarde del asesinato de Pizarro) y los de Nueva Granada y Río de la Plata no llegaron hasta bien entrado el siglo XVIII, en 1717 y 1776 respectivamente.

En ese largo lapso de tiempo los pueblos autóctonos pasaron por casi todos los estadios fundamentales posibles. Empezaron siendo civilizaciones, pasando a continuación a ser colonias (o virreinatos) para después integrarse en un imperio y terminar emancipándose como naciones. Vamos a dejar la primera fase y la última, que son las que atañen menos directamente a la cuestión y fijarnos en el segundo y tercer términos.

Concepto, pacto colonial y Actas de navegación

El concepto de colonia ha ido cambiando. El Diccionario de la RAE lo define como “conjunto de personas que, procedentes de un territorio, se establecen en otro”, aludiendo en sus siguientes acepciones al “territorio o lugar donde se establece una colonia”, al “territorio fuera de la nación que lo hizo suyo, y ordinariamente regido por leyes especiales” y al “territorio dominado y administrado por una potencia extranjera”. Predomina la alusión a la tierra, como se ve (cosa lógica puesto que la palabra proviene etimológicamente del latín colonus, que significa labrador, a su vez derivado del verbo colere, cultivar), con especial acento en la territorialidad y la discontinuidad geográfica.

Pero, insisto, el concepto ha evolucionado respecto a otras épocas porque tradicionalmente la colonia se ligaba a una base avanzada, a una fuente de materias primas, a a un mercado para las manufacturas nacionales, a un caladero para el reclutamiento de tropas, etc. Desde la conquista española hubo que incorporar una cualidad nueva e inédita: la tutela de la civilización sobre pueblos considerados incapaces de regirse por sí mismos; de hecho, este último aspecto fue uno de los que esgrimieron las declaraciones de independencia del primer cuarto decimonónico: las naciones ya estaban desarrolladas y podían decidir por sí solas su futuro.

Nacía así la primera diferencia, ya que el modelo de colonización inglesa partía de un supuesto distinto denominado pacto colonial en la historiografía. El pacto colonial se basa en una relación comercial asimétrica en el que la metrópoli, como dominadora, es la que sale beneficiada. En la práctica se trataba de un intercambio de materias primas por manufacturas que llevaba implícita o explícitamente la prohibición de mantener comercio con terceros, ya fueran éstos otros imperios o incluso otras colonias.

La ventaja de la metrópoli es obvia, pues se asegura el suministro de dichas materias primas a la vez que mantiene el trabajo en su suelo, quedando la colonia como mercado cautivo de un monopolio. Ese sistema, nacido a raíz de la difusión de las ideas mercantilistas del siglo XVII, se especificó y refrendó mediante las Actas de Navegación dictadas en 1651, que entre otras cosas formulaban el reconocimiento de la influencia y dominio de la metrópoli sobre la colonia sin que ello requiriese necesariamente soberanía.

El modelo español

El caso español fue de otra naturaleza y no, como se suele decir poco rigurosamente, porque así lo expresaran la Junta Central de Sevilla y el Consejo de Regencia pues fue ya en época muy tardía, en 1809, durante la invasión napoleónica y cuando habían empezado los movimientos emancipadores. Sin embargo, no le faltaron similitudes con el modelo del pacto colonial. La más importante fue el monopolio comercial, que limitaba los intercambios comerciales a determinados puertos (aunque con el tiempo y por necesidades estratégicas se fue ampliando la lista). Sin embargo la organización territorial fue bastante mas compleja. Según el Derecho Público, las Indias no eran colonias, término que, al fin y al cabo, no apareció hasta el siglo XVIII, y el sistema empleado no hacía sino seguir la tradición ibérica de la Reconquista, en el que las tierras conquistadas pasaban a ser de realengo, redistribuidas por la corona mediante concesión real.

Lo que al principio eran meras factorías dependientes de la Península y colonizadas por gentes a las que los Reyes Católicos financiaban el viaje a cambio de un diez por ciento de sus ganancias (Real Orden de 10 de abril de 1495), en el siglo XVI pasaron a ser colonias de asentamiento mediante lo que se llamaba mercedes de tierra, predios en propiedad que no debían interferir con los de los indios, aunque ocurría muy a menudo, como frecuente era también que los beneficiarios no quedaran contentos y los vendieran -algo que era ilegal-, siendo comprados por los más adinerados y originando así grandes latifundios; esto se se intentó arreglar en el siglo XVIII sin demasiado éxito.


Cronomapa del Imperio Español

Mapa cronológico del Imperio Español

Estructuras administrativas

Pero hablábamos de la estructura territorial, cuyo modelo fue el Reino de Castilla y, por tanto, en los territorios de ultramar había igualdad política y jurídica respecto a los reinos peninsulares, como pasaba con Aragón y Granada. Por supuesto, una cosa es la teoría y otra la práctica, pues cabe recordar que sobre el papel también la India británica era un virreinato. La principal diferencia radicaba en la capacidad operativa del virrey, que tenía funciones de gobierno, capacidad para vender o donar señoríos, fundar poblaciones, organizar expediciones, controlar a las otras autoridades, supervisar la Hacienda, administrar las minas, acuñar moneda y nombrar dignidades a través del Patronato Real.

Todo ello evaluado al final de su mandato en lo que se conocía como juicio de residencia. Lo que pasa es que el nombramiento del virrey se hacía entre los candidatos propuestos por el Consejo de Indias (por la Cámara de Indias a partir de 1600), con la indicación obvia de aplicar las instrucciones de gobierno que recibía ad hoc, al igual que los oidores de las audiencias se enviaban también desde la península.

Ello, junto al hecho de que no se desarrolló una legislación autónoma sino emanada siempre de la metrópoli (que no tenía contrapeso a la inversa), al igual que la mayoría de las disposiciones que afectaban a la vida de quienes vivían al otro lado del océano eran tomadas por la media docena de integrantes del citado Consejo sin conceder participación en asunto alguno, deja en evidencia la supeditación de esa autoridad a la metrópoli y, por tanto, su similitud con un sistema colonial (bien es cierto también que en la práctica rara vez se pudo actuar sin contar con los colonos y con los nativos, haciéndose necesario llegar a acuerdos con ambos).

Reunión del Consejo de Indias en el siglo XVI

¿Instaurar colonias o virreinatos?

Otra diferencia importante era la estructura administrativa que dividía los virreinatos en provincias mayores, provincias menores y municipios. Ahora bien, la más destacada fue la económica, donde podemos analizar la cuestión centrándonos en dos elementos. Por un lado, la fuerza de trabajo (un dicho reza que el tesoro más importantes hallado por los españoles en América no fueron los metales preciosos sino la mano de obra indígena), que estaba organizada en base a dos modelos: el indígena y el tradicional castellano.

El primero adoptó diversas formas, empezando por la esclavitud, que ya existía en la América prehispana pero con un régimen muy diferente y que los españoles prohibieron para los indios excepto los llamados bravos (los que se rebelaban contra la Corona y eran capturados como prisioneros de guerra), o los que se consideraba caníbales, como los caribes.

A continuación se desgranaba una serie de instituciones adaptadas, caso de la dobla (aplicada en minería, en la que el propietario del filón lo cedía a los obreros para que lo trabajasen quedándose él con un tercio de la producción y ellos con el resto, aunque al tratarse de indios sin recursos debían entregar uno de sus dos tercios a cambio del equipo).

La mita (de origen incaico, era una prestación personal obligatoria regulada según el Código Ovando, por la que todos los varones entre dieciocho y cincuenta años debían trabajar en las minas durante un período de diez meses cada siete años en largas jornadas laborales de hasta dieciséis horas, en unas condiciones tan duras que obligaban a imponer dos semanas de descanso por cada una de trabajo).

El porteo (trabajo obligatorio de los indios como porteadores en las expediciones de conquista) o las naborías y yanaconas (en México y Perú respectivamente, consistían en un servicio doméstico que se abolió en 1542 pese a lo cual los yanaconas peruanos siguieron existiendo en calidad prácticamente de siervos medievales).

En cuanto al modelo tradicional castellano, habría que reseñar el trabajo asalariado, generalmente pagado en especie y generador de endeudamiento, y la encomienda, una institución heredada también de los tiempos de la Reconquista (como tantas otras cosas trasladadas al otro lado del Atlántico) que establecía una relación de dependencia indio-colono con trabajo de éste a cambio del mantenimiento, protección y evangelización de aquél; concedida por merced real.

Castas y monopolio comercial

Este esquema desmiente la teórica igualdad jurídica entre españoles e indios, aún cuando literalmente se explicitaba que debía procurarse la similitud legislativa a ambos lados del océano, pues ninguno de los primeros estaba sometido a prestaciones obligatorias y menos en tan leoninas condiciones, rayanas en la esclavitud hasta el punto de que las Leyes Nuevas, dictadas por Carlos V para eliminar la heredad encomendera y prevenir así el surgimiento de colonos demasiado poderosos, tuvieron que prever una serie de disposiciones para proteger a los indígenas de los abusos habituales.

Huelga también recordar la generalización del famoso sistema de castas estancas que comprometía el concepto de mestizaje priorizando en privilegios a las pieles menos mezcladas, a pesar de que se aprovechó el ascendiente de la nobleza indígena para nombrar entre ella a gobernadores y otros cargos locales.

Aparte de la fuerza del trabajo, el otro gran ejemplo podría ser la organización comercial entre España y América, desarrollada a través de dos rutas marítimas básicas diseñadas para traer a la península los metales preciosos y llevar bastimentos. Puesto que la dirección corría a cargo de la Casa de Contratación, Sevilla tuvo el monopolio portuario casi todo el tiempo desde 1538 hasta la promulgación del Reglamento de Libre Comercio por Carlos III en 1778.

Sólo trece años antes se habían autorizado excepciones en el norte (La Coruña, Avilés, Laredo y San Sebastián) o en el mismo sur (Málaga, Cartagena o, más tarde, Cádiz).

Hasta entonces los puertos americanos sólo pudieron comerciar con estos sitios y tuvieron prohibido incluso mantener relación entre sí, más allá de la rutas terrestres autorizadas expresamente para el transporte, con lo que de nuevo resulta obvia la cercanía práctica a un sistema colonial.

Cabe resaltar al respecto el error que suele circular por multitud de artículos de Internet y no pocos libros de autores no historiadores, en el sentido de que a España sólo se enviaba el quinto real del oro y la plata. Efectivamente, la Corona se quedaba con ese veinte por ciento pero eso no significa que fuera lo único que venía en las bodegas de naos y galeones; las tres cuartas partes de los metales llegados a la península correspondían a particulares: conquistadores de regreso, colonos, administradores, mercaderes, armadores…

Sevilla en el siglo XVI

En suma, la controversia colonias-virreinatos acumula argumentos en ambas direcciones y por eso se pueden aplicar el concepto colonia y el adjetivo colonial como meros derivados del verbo colonizar, desprovistos de connotaciones teóricas y limitados, como de hecho suelen hacer los historiadores sin segundas intenciones; es decir, con el sentido de poblamiento de una tierra nueva que le da su acepción principal y más frecuente. Al fin y al cabo, también se emplea la palabra imperio aplicada al mismo momento y lugar sin que en realidad hubiera emperador alguno, sin que los españoles lo llamaran así y sin levantar ampollas hoy en día.

BIBLIOGRAFÍA:

-América Latina. La época colonial (Richard Konetzke).

Las Indias no eran colonias (Ricardo Levene).

-La América española y la América portuguesa (siglos XVI-XVIII) (Bartolomé Bennassar).

España y su mundo. 1500-1700 (John Elliott).

-Manual de Historia de España. Edad Moderna (1474-1808) (Pere Molas Ribalta).

Sevilla y el Atlántico (Pierre Chaunu).

Del oro de Sudán a la plata de América (Fernand Braudel).

-Oro y moneda en la Historia (Pierre Vilar).

Visto: 1869 veces.

2 comentarios en “Colonias o virreinatos. Una polémica superada

  1. Jesús García dijo:

    Muy buen artículo, me ha encantado! Conciso, bien fundamentado, nos enseña la diferencia entre los dos entes organizativos de las conquistas. La verdad nunca me había parado a pensar en ello. Muchas gracias al autor, y enhorabuena!

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  2. Pingback: Cuando los independentistas tenían cojones, y España, también. ⋆ Scrivix

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