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El caso del converso hechicero

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El Tio-Abuelo Penradock

Licenciado en Historia y diplomado en Archivística y Biblioteconomía. Fundador y director de la revista Apuntes (2002-2005). Creador del blog El Viajero Incidental. Bloguer de historia, cine, viajes y turismo desde 2009. Editor y colaborador en varios blogs.

Parece difícil que alguien llamado Francisco del Espíritu Sancto acabe procesado por la Inquisición, pero es lo que ocurrió en 1615 en un extraño caso que se fue complicando progresivamente al sucederse varias acusaciones diferentes, incluso cuando todo parecía haber terminado sin mayor trascendencia.

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El tal Francisco era un converso de nuevo cuño, es decir, un judío convertido al cristianismo, no un descendiente de aquellos obligados a cambiar de fe en tiempos de los Reyes Católicos; lo curioso es que no era la primera vez que cambiaba. Nacido en Marrakus (Marrakech) en 1582, pertenecía a una familia de sirvientes del sultán que en algún momento debió verse obligada a convertirse al Islam durante alguna de las persecuciones que también allí se desataban de vez en cuando contra los seguidores de la religión hebraica. En cualquier caso, Francisco, protagonizó otra conversión en Granada, ésta a la fe de Cristo, estableciéndose como zapatero en Toledo.

Las descripciones que de este personaje ha dejado el expediente inquisitorial hablan de un hombre soltero, pequeño de estatura, largos bigotes, poca barba y carácter poco templado, relacionándose además con gente no muy recomendable y ganándose, como es fácil deducir, unas cuantas enemistades. Además, Francisco solía practicar las artes de la hechicería y la nigromancia, cosa no infrecuente en la España de entonces entre muchos ganapanes, por lo que fue contratado por una vecina llamada Francisca Díaz, esposa del santanderino Francisco Ortiz; ambos vivían en la parroquia de San Román y eran padres de un clérigo. El trabajo consistía en practicar unos conjuros para encontrar un tesoro que se decía que estaba oculto en el pozo de su casa.

El relato del fiscal cuenta que el converso pidió que le trajeran pluma, tinta, menjuí (un bálsamo aromático de corteza de árbol), almizcle, sal gorda y una vela. Entonces escribió en un papel unos caracteres hebreos y lo sahumó todo con las otras sustancias, atándose con unas cuerdas para que le bajaran al pozo mientras le iban echando la sal por encima. Ya en el fondo leyó en voz alta el escrito, invocando a Mahoma y siendo respondido desde arriba por un esclavo negro que había llevado como ayudante y que en realidad pertenecía al canónigo de la catedral. Luego se oyó un gran barullo abajo y cuando le subieron explicó que se le había aparecido el encantado quien, rogándole que no le persiguiera más, le ofreció a cambio cierta cantidad de oro que se podría llevar otro día.

El matrimonio se dejó convencer pero Francisco les dijo que la próxima vez necesitaba hacer un par de velas de grasa de jabalí y serpiente mezclada con sangre de pájaro y un cuarto ingrediente que les dejó tan sobrecogidos que cambiaron de opinión y corrieron a denunciarle. No es de extrañar, teniendo en cuenta que ese otro ingrediente era “unto de hombre”. Con las dos velas se abriría la tierra para eliminar el agua y podría sacar el tesoro. El hechicero añadió que saldrían también unas gallinas negras y culebras con la mitad superior del cuerpo de mujer que él podría matar gracias a sus artes. Demasiado para aquellas gentes sencillas e ignorantes, máxime teniendo en cuenta que la función no se había llevado a cabo en la intimidad sino con presencia de varios vecinos movidos por la curiosidad.

Así pues, intervino el Santo Oficio. El abogado de Francisco alegó que las declaraciones de los denunciantes no eran fiables por ser notorio que se trataba de enemigos de su cliente, debido a que éste había sorprendido una vez a Francisca en trato carnal con el esclavo. Era un punto interesante, ya que Francisco adujo que otro testigo también le acusaba por rivalidad amorosa con una mujer. Como la Inquisición española solía ser bastante condescendiente con este tipo de casos, que consideraba fruto de la incultura y la superstición, sólo condenó al hechicero a abjurar de levi (o sea, una abjuración leve que no implicaba pena mayor) por embustero e invocador de demonios, debiendo salir en un auto de fe con coroza y sambenito; también le obligaba a pasar medio año de reclusión en un monasterio para recibir una adecuada formación religiosa. Eso sí, luego quedaba desterrado de Toledo durante dos años. Así se suponía que se dejaba cerrado el asunto, pero Francisco del Espíritu Sancto aún protagonizaría un segundo episodio.

El reo se quedó en el toledano convento franciscano descalzo de San José, pero las enseñanzas que recibió ya eran inútiles porque, considerándose injustamente tratado tanto por cristianos como por musulmanes, decidió retornar al judaísmo. Sólo que no se trató de una iniciativa personal y secreta sino que, en uno de los arranques de cólera propios de su temperamento y claramente desequilibrado, se subió al tejado del cenobio y empezó a gritar que la Ley de Moisés era la verdadera y que el Rey le quemase por eso. Los estupefactos frailes dieron aviso a la Inquisición, que abrió un nuevo proceso en junio de 1615. La instrucción se prolongó casi un año, durante el cual Francisco insistió una y otra vez en que habían castigado sin culpa y que ahora podían hacerlo con razón. Todo el tiempo estuvo armando escándalos en la cárcel de penitencia (así se llamaba a las de la Suprema) sin que las advertencias y los doscientos latigazos que recibió una vez como sanción le disuadieran de su actitud.

En esta segunda ocasión fue acusado más seriamente. Ocho cargos que aceptó, por lo que en el auto de fe de noviembre de 1616, que se celebró en Toledo con asistencia de Felipe III, se le condenó a prisión perpetua, otro año de instrucción monacal y cinco de galeras. No llegó a cumplir más que una mínima parte porque falleció el 1 de enero de 1618 de una “calentura continua maliciossa”.

Fuentes: Archivo Histórico Nacional. Catálogo de la Inquisición de Toledo (legajo 145 , número 234, 13) recogido por Julio Caro Baroja en su obra Los judíos en la España Moderna y Contemporánea.

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