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El Desarmador (Cuento)

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Francisco Barcala

Actor, director y escritor. Entre mis escritos se encuentran más de 30 obras de teatro, 3 novelas y cientos de cuentos cortos, así como algunos artículos de temas generales.

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1 de marzo, 2015

A sus cuarenta y tantos años, Adriana había vivido muchas situaciones difíciles en su vida; aún así, seguía considerándose una mujer feliz. Divorciada desde 10 años antes, tenía dos hijos adolescentes quienes eran su vida, a los que amaba profundamente. Su trabajo como maestra en una preparatoria privada, la llenaba. Impartía la materia de Literatura Universal, algo que había disfrutado desde su niñez.

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Un pasado difícil

Desde su divorcio, había tenido un par de relaciones fugaces, pero satisfactorias; con compañeros del trabajo, sin compromisos y sin demasiados problemas. La última de ellas, había terminado cuando Jorge, aquel maestro de deportes con el cuerpo atlético y ojos profundos, había tenido que irse de la ciudad para atender a su madre enferma en otro estado. Desde entonces, Adriana se había dedicado en cuerpo y alma a sus hijos y su trabajo.

Aquel domingo de abril, Adrián y Gilberto, sus dos jovencitos, habían ido a pasar el día con su padre; Adriana se disponía a disfrutar una mañana exclusivamente para ella. Sus muchachos, muy bien educados, ayudaban mucho en las labores del hogar; por lo que ella sólo se dedicaba a cocinar y poco más. Así que, desde las 10 de la mañana, se dispuso a tomar un largo baño de tina, a leer uno de sus libros favoritos y ya tenía la idea de pedir una pizza para comer mientras disfrutaba un delicioso vino que le habían regalado en su cumpleaños.

Cuando el timbre de la puerta del departamento en condominio donde vivía empezó a sonar, se preguntó quién podía ser. Había un portero en el edificio, por lo que no sería un vendedor; así que posiblemente, alguna de sus pocas amigas o vecinas, habría ido en una inesperada visita. Cubrió su cuerpo con una bata de seda, regalo de sus hijos y, sin nada más sobre el cuerpo, se acercó a la puerta.

– ¿Quién es? – Preguntó antes de abrir.

– Buenas tardes señora, soy su nuevo vecino, Daniel, quisiera pedirle un favor -le respondió la voz que, según la experiencia de Adriana, era de un hombre joven.

– Dame un momento por favor, ahora te abro.

Adriana siempre había estado dispuesta a ayudar a sus vecinos, por mucho que le incomodara.

La oportunidad espera

Fue a su habitación para ponerse algo más de ropa, cerró la llave de la tina y acudió a la puerta. Al abrirla, no pudo más que sorprenderse. Daniel, su vecino, era un joven de unos 30 años, moreno, con unos ojos negros profundos, una barba cerrada de 3 días que le daban un aspecto descuidado, pero sumamente atractivo. Bajo la ropa deportiva, Adriana pudo distinguir unos músculos bien formados, un abdomen plano y… aunque le avergonzara reconocerlo, en su rápido examen pudo distinguir que en la entrepierna, se dejaba notar un bulto pronunciado. Daniel quería simplemente que le prestara un desarmador, pues recientemente se había mudado al edificio y necesitaba armar unas repisas para acomodar sus libros.

– ¿Y tienes muchos libros? – preguntó Adriana mientras buscaba la herramienta en el cajón correspondiente.

– Sí, muchísimos, soy maestro de Literatura en una secundaria, amo la lectura – la voz del muchacho era suave, pero profunda y sensual.

– ¿De verdad? Yo soy maestra de Literatura Universal en una preparatoria, también amo los libros. Adriana tenía la herramienta solicitada en la mano, pero aún no se la había entregado, ambos se veían a los ojos.

El desarmador

Daniel no dejaba de observar el cuerpo de Adriana, su mirada se desvió al escote de la blusa que se había puesto apenas por encima; el silencio que se instaló entre ambos era cada vez más incómodo, sólo podían verse, las manos de Adriana temblaban, los labios de Daniel, delgados, estaban húmedos; aquella marca en la entrepierna, empezó a hacerse más evidente.

– Vamos a mi habitación – se escuchó decir Adriana a si misma – Ahí estaremos más cómodos… –

Le tendió una mano que Daniel aceptó gustoso, sin quitarse la vista de encima, caminaron a la habitación. La puerta del cuarto se cerró en cuanto la hubieron traspasado. El desarmador quedó olvidado sobre la mesa del comedor.

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Un comentario en “El Desarmador (Cuento)

  1. Diana Castro dijo:

    Este cuento deja ganas de un capítulo 2  🙂

    Echa a volar la imaginación….

    Responder

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