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El Espejo Gris

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Álvaro Lott
(Michoacán) Ciudadano de a pie, gente común, espectador del mundo, participante de su momento.
Álvaro Lott

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Me hacía esperar la lluvia en el portal, tres horas me tuvo agarrado del disgusto de mojarme, deambulando entre adoquines. Tantos adoquines y sillas volteadas y yo, sin ganas de pagar por una, ni sentarme donde a los vagos y perros no les importa. ¿Qué le causa a las hormigas y a los hombres la lluvia que los vuelve erráticos? Marcados con la cruz de gotas en los hombros miran al cielo esperando o rogando, no lo sé, pero ha de ser parte de un rito, pues bailan muy parecido un centenar de pies nerviosos esquivando cucarachas. Apenas mojados, bailamos para que la lluvia venga y bailamos por que la lluvia se vaya. ¿El agua de lluvia arde en los pies?


Tres horas, y solo los vagos y perros parecen cuerdos, ni se acalambran ni se acongojan, ni saltan, ni participan del baile loco que todos bailan desde que llegan hasta que revientan corriendo fuera del portal. Cada uno a su paso, unos se van y otros que llegan ocupan su espacio, cada vez más mojados y cada vez menos duran en el portal que los guarece. Solo los que se conocen se hablan, pero todos tienen cara de ganas de que la lluvia pasé. Hasta los que tiritan rezan y se ven tan graciosos, como cuando a un niño le aprietas la panza y la suelta mientras habla. ¿El agua de lluvia arde en los pies?

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No lo noté, no sé si fue que andaba distraído en otras cosas, pero no llovía tan fuerte, y es que miraba los charcos y no las luces para saber cuánto llovía. Ni siquiera oí las gotas, estaba absorto en las plegarias, en las quejas al cielo y en los graciosos tartamudeos que causa el frío. Saqué la mano a las 3 horas de estancia y eran gotillas apenas, minúsculas gotillas que ante mi vista mojaron la enorme plaza, que hicieron la amplia avenida un río y que les adelantaron el sábado santo a los transeúntes.

 

Salí de mi refugio, crucé el río y llegué hasta a la plaza a paso lento, no sentí nada diferente entre el portal y la calle, solo que ahora se oían ruedas de autos remando en lugar de oraciones. La plaza es de cantera rosa, pero ese día se hizo del color del cielo, tenía una capa de cristal fino y reflejaba cada gota de lluvia, cada árbol, cada nube y cada farola, hasta a las personillas que en el fondo corrían y los que, resignados a la desdicha de la bañada que detrás de ellos caminaban. ¿A dónde iban?


Me sentí enormemente triste, las espaldas más mojadas empezaban a reflejar, ya brillaban, eran cromo, eran destellos y en vez de gusto, sentían prisa ¿por qué nos íbamos?. Nos bañaba la misma capa fina de cristal brillante que bañaba la plaza y nos caían diamantillos lustrosos que todo iluminaban de plata. Nadie notó la magia, no vi novios bailando bajo la lluvia, ni besos, ni niños traviesos brincándole al espejo para romperlo, no vi nada más que gente huyendo y sus reflejos, como si aquello fuera cosa de desgracia. ¿Por eso se cubrían en el portal? ¿Yo de que me cubría?


Lo supe llegando a la casa, al exprimir mis pantalones y vaciarme los zapatos. Me cubría por que sí; de la mirada de la gente, del juicio de las personas a las que yo veía correr como hormigas, corrí por no sentirme ajeno. Me volví a preguntar a dónde iban y siguió lloviendo en mi cabeza toda la bendita noche.

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