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El tan olvidado sentido común

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Edgardo Azamar

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Soy el único villano honesto en un mundo de héroes de OROPEL
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En los juicios legales que se realizan en los Estados Unidos, los abogados inician sus defensas y acusaciones con una frase: “FACTS”, o sea, “HECHOS”, haciendo referencia a algo que es incuestionable. No preguntan si es bueno o malo: Es un Hecho; no preguntan si les agrada o no: Es un hecho; no preguntan si es justo o injusto: Es un hecho.  Y es entonces, a partir de ello, – de la aceptación axiomática del hecho- que se comienzan a considerar sus causas para entregarles su adjetivo.

¿A qué viene esto? A que el HECHO como tal es una de las primeras bases del sentido común, y lo único que se extraña en la actualidad es, precisamente, el sentido común. El mundo ha perdido la capacidad de observar a su entorno sin partidarismos ni preferencias:  Cualquier miércoles a las 10 am, es de día, sin importar si está nublado, lloviendo, nevando, con eclipse total o parcial o con manifestación ciudadana. ¡Es de día! ¡La posición del Planeta con respecto al Sol lo confirma!

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No sé en el mundo, pero en países como el mío (México), los adjetivos (esos calificativos que definen una cualidad, apreciación o preferencia) son la bases con la que las acciones – o hechos- se pintan y edifican para conforman la conciencia ( Malo es el narcotráfico, no el mercado consumista que lo mantiene; Malos son los Indignados, no el Gobierno que los produjo; malos son los inmigrantes, no la pobreza en el mundo; Malos son los musulmanes, no el intervencionismo occidental; malos son los homosexuales, no los prejuicios religiosos; los malos son los ricos, no mi pobreza, etc.), y en consecuencia, el Sentido Común se pierde para iniciar así las tan extremas diferencias que antagonizan irreconciliablemente a las personas.

El permanente bombardeo mediático de ideas que apelan a los gustos y las preferencias con fines de consumo (no solamente material sino espiritual y de valores) ha provocado que se olvide el sentido común como arma de convencimiento para dejarse llevar a los terrenos de la seducción de preferencias para alcanzar sus objetivos. Los anhelos comienzan a sustituir a las razones con fines de conveniencia más que de utilidad, y el camino logrado hasta el momento es el encono con que se juzga a las diferencias: Ningún católico podrá ver las inmoralidades clericales; ningún Capitalista las demandas obreras; ningún obrero las ventajas de la libre empresa; ningún político las necesidades de los pueblos; ningún oprimido las complejidades de la política; ningún científico las alternativas de lo intangible, y ningún poderoso el daño de su ambición.

 

A unos cuantos días de que la nación más poderosa del mundo (con los peores vicios de la historia) sea gobernada por un hombre lleno de todo, menos Sentido Común, sería una buena oportunidad de tratar de rescatar a éste, al sentido común, como el arma que puede conseguir derribar tantos y tantos muros que vienen a llenar el mundo. 

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