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Juan Antonio Llorente, el primer historiador de la Inquisición Española

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El Tio-Abuelo Penradock

Licenciado en Historia y diplomado en Archivística y Biblioteconomía. Fundador y director de la revista Apuntes (2002-2005). Creador del blog El Viajero Incidental. Bloguer de historia, cine, viajes y turismo desde 2009. Editor y colaborador en varios blogs.

Henry Kamen, Joseph Pérez, Bartolomé Bennassar, Antonio Domínguez Ortiz, Julio Caro Baroja, Carmelo Lisón Tolosana, Luis Alonso Tejada, … Todos estos historiadores tienen una cosa en común: el haber estudiado la Inquisición Española y escrito sobre ella algunas de las obras más importantes que se han publicado sobre el tema. Falta alguno más en esa lista, por supuesto, pero hay uno fundamental del que probablemente todos, los citados y los no citados, sean deudores, aunque sólo sea por haberles precedido en la tarea y, probablemente, inspirado: Juan Antonio Llorente.

 

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Es un nombre algo olvidado hoy, pese a tratarse de uno de los grandes eruditos españoles del siglo XIX y uno de los pioneros, sino el primero, en estudiar aquella institución religiosa. Era sacerdote y llegó a secretario general del Santo Oficio, así que el interés de su aportación es doble porque realizó la labor con un conocimiento privilegiado de todos sus secretos. Las circunstancias de su vida, sin embargo, hicieron que el resultado de ese esforzado trabajo, una serie de títulos sobre la historia y procedimientos del tribunal, quedaran relegados a un segundo plano y además muy discutidos.

Llorente nació en la riojana localidad de Rincón de Soto en 1750, mostrando carácter desde pequeño. Protegido por sus tíos pudo estudiar Filosofía en Tarragona, para después cursar Derecho Romano y Canónico en Zaragoza, obteniendo el título de bachiller en 1766 y el de doctor en 1779. Ese mismo año era ordenado sacerdote y empezaba una meteórica carrera que le llevó a ser nombrado abogado del Consejo Supremo de Castilla en 1782 -desempeñando el trabajo de censor literario- y vicario general de la diócesis de Calahorra. Al año siguiente, merced a su amistad con la vicecamarera de la reina, la duquesa de Sotomayor, de la que era albacea testamentario, accedió al cargo de Comisario del Santo Oficio en Logroño y Secretario supernumerario de la Inquisición de Corte; como tal, asistió a varios procesos, reinando entonces Carlos III.

Carlos III en 1783

 

Semejante retahíla de honores le proporcionó prestigio suficiente como para que Manuel Abad y Sierra, Inquisidor General y simpatizante jansenista, le pidiera un informe sobre el desarrollo de los procesos judiciales de los tribunales inquisitoriales en 1793. El resultado fue muy crítico, sugiriendo una reforma de los procedimientos debido a la impresión que le produjo ver que un reo no pudo soportar el aislamiento reglamentario y se suicidó en su celda. No obstante, la cosa quedó en nada cuando Abad tuvo que renunciar a su cargo. Llorente envió entonces el informe al célebre Jovellanos, quien se basó en él para publicar su Representación al Rey sobre el tribunal de la Inquisición, que le supuso ser condenado a prisión en Mallorca.

Jovellanos

Así empezaron también los problemas de Llorente con la institución para la que trabajaba, pues para entonces parece ser que llevaba ya unos años influido por el jansenismo (una corriente espiritual de carácter ascético pero que fue declarada herética por fiar la salvación sólo a la Gracia divina) y el regalismo (doctrina que primaba el derecho de los reyes sobre el de la Iglesia). Llorente se vio arrastrado por la caída del secretario de Estado Mariano Luis de Urquijo, un jansenista convencido, y su sustitución en el gobierno por Manuel Godoy. Acusado de traidor por el nuevo Inquisidor General, Ramón de Arce, perdió sus cargos y fue apartado durante un tiempo, sanción que cumplió humildemente y con muestras de arrepentimiento aunque con una profunda decepción respecto a la institución para la que había trabajado.

Pero en 1808, después de que la familia real abdicara en Bayona y la corona pasara a manos de José Bonaparte, Llorente envió a Napoleón un Reglamento para la Iglesia Española en el que volvía a plantear aquel proyecto de reforma anterior, proponiendo abolir el clero regular y aplicar al secular la constitución civil francesa. De hecho, el propio personaje fue invitado a ir a Bayona y lo hizo, reconociendo al nuevo monarca y jurando la constitución promulgada por Bonaparte, lo que le valió ser nombrado miembro de la Junta Nacional primero y Consejero de Estado para Asuntos Eclesiásticos después, entre otras prebendas y honores. Es decir, era un afrancesado convencido y aprovechó el viento favorable para desarrollar una fértil actividad literaria en la que cabe destacar un par de obras sobre disciplina eclesiástica y, sobre todo, una Memoria histórica sobre cuál ha sido la opinión nacional de España acerca del tribunal de la Inquisición que redactó en 1811 gracias al hallazgo dos años antes de un importante corpus documental en los archivos del tribunal. Aunque era muy crítico y ese trabajo estaba orientado a demostrar tanto las injerencias del Santo Oficio en las cuestiones de estado como que los españoles siempre habían sido refractarios a su establecimiento, resulta curioso ver que Llorente no deseaba la supresión de la Suprema sino únicamente una reforma, recortándole su poder censor gracias a la libertad de prensa; no obstante, Napoleón decidió por él y la suprimió por decreto. En los años siguientes, gracias a que era el custodio de los archivos inquisitoriales, amplió el estudio del tema con sus famosos Anales de la Inquisición en España, una historia de la Suprema en dos volúmenes.

José I

 

En 1813, ante el cariz que iba tomando la situación, marchó a Francia llevándose todos esos documentos, que acabaría vendiendo tiempo después a la Biblioteca Real de París. Entretanto, y dado que su petición de indulto al restablecido Fernando VII cayó en saco roto, siguió trabajando. Aprovechando que el rey español había restaurado el Santo Oficio y ello levantó indignación en casi toda Europa, Llorente se lanzó a escribir la que sería su obra más famosa: Historia crítica de la Inquisición española, que salió en 1817 y tuvo un éxito enorme, con una tirada que cuadruplicaba las habituales y traducción a varios idiomas. El libro, que constaba de varios tomos, se reeditó una y otra vez convirtiéndose en una referencia temática. Los liberales españoles -exiliados en su mayoría- aplaudieron entusiasmados el resultado mientras los absolutistas lo criticaban acusándole de malversador, de no respetar el celibato y mil cosas más; no sólo en su tiempo: Menéndez y Pelayo lo descalificó tachando a su autor de “doblemente traidor a su patria: como español y como sacerdote”. 

Llorente saludó la instauración en 1820 de un régimen liberal en España, pero su militancia entre los carbonarios (una de las más importantes y activas sociedades secretas que tanto abundaban entonces, de carácter marcadamente liberal y constitucionalista) fue vista con recelo en la conservadora Francia del Congreso de Viena y acabó expulsado del país vecino, instalándose en Madrid. Falleció al poco, en febrero de 1823, apenas unos meses antes de que los Cien Mil Hijos de San Luis restablecieran la autoridad total de Fernando VII para dar inicio a la llamada Década Ominosa, en la que, a buen seguro,  no lo hubiera pasado nada bien.

La obra de Juan Antonio Llorente sigue siendo polémica hoy. Pese a que aportó datos que desmitificaban la imagen siniestra del Santo Oficio (negó que en su tiempo hubiera torturas y ya vimos que no cuestionó del todo la existencia del tribunal), su cálculo de víctimas y procesos -véase adjunta la lista que ofrece- resulta muy controvertido; él mismo admitió haber quemado los fondos documentales que utilizó, lo que, junto con la destrucción de otros archivos por los avatares históricos, hacen imposible determinar con exactitud el número. Por supuesto, su trabajo terminaría condenado por Roma, engrosando el célebre Índice de libros Prohibidos y puesto como ejemplo de difusión de la Leyenda Negra.

BIBLIOGRAFÍA: Juan Antonio Llorente. El factótum del Rey Intruso (Gerard Dufour); Historia de los heterodoxos españoles (Marcelino Menéndez y Pelayo); Juan Antonio Llorente, español maldito (Francisco Fernández Pardo); Las ideas políticas de Juan Antonio Llorente (Gerard Dufour); Brujos, reyes, inquisidores (Emilio Ruiz Barrachina); Historia crítica de la Inquisición española (Juan Antonio Llorente).

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