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El Tio-Abuelo Penradock

Licenciado en Historia y diplomado en Archivística y Biblioteconomía. Fundador y director de la revista Apuntes (2002-2005). Creador del blog El Viajero Incidental. Bloguer de historia, cine, viajes y turismo desde 2009. Editor y colaborador en varios blogs.

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Una de las primeras cosas que ve uno cuando desembarca del ferry en el puerto de La Gomera es la figura solitaria y llamativa de la Torre del Conde. Está en el parque homónimo, una pequeña zona de asueto situada frente al mar y con un césped verdísimo sobre el que el monumento parece flotar. Contemplándola allí, batida por el sol y escapando a la sombre a de las palmeras que circundan el sitio, parece increíble que aquel haya sido el escenario de dramáticos momentos siglos atrás, cuando la reposada existencia de los gomeros se vio alterada por la llegada de aquellas enormes canoas a vela y sus extraños ocupantes que, embutidos en corazas, reclamaban la propiedad de sus tierras en nombre de un lejano rey.

LA OCUPACIÓN DE LA GOMAHARA

Probablemente los aborígenes ignorasen que su propio origen no era autóctono, tal cual pasaba con sus vecinos de las otras islas: los guanches tinerfeños, los bimbaches de La Palma, los canarios de Gran Canaria, los majos de Fuerteventura… Todos venían de fuera, aunque hoy se siga sin tener claro su origen exacto. Los haplotipos analizados en su ADN coinciden parcialmente con homólogos del Magreb pero sin determinar la procedencia del único haplogrupo común a todos los canarios, el llamado U6b1; no obstante, existe cierto consenso en asimilarlos a pueblos bereberes, con los que guardan similitudes culturales y lingüísticas, a despecho del sinfín de teorías alternativas o complementarias que incluyen deportaciones romanas y colonización fenicia, sin contar otras más estrambóticas como la de la Atlántida. Sea como fuere, no hay registro arqueológico anterior al siglo V d.C.

La Gomahara, como se la llamaba entonces y que coincide nominalmente con una región del norte de Marruecos, estaba dividida en cuatro cantones llamados Agana, Orone, Mulagua e Hipalan, que coincidían con los actuales valles de Vallehermoso, Gran Rey, Hermigua y San Sebastián respectivamente. Los expertos discuten si se trataba de una sociedad matriarcal, dado que era la mujer la que aseguraba la transmisión del poder real, de la herencia y del parentesco. En cualquier caso, la institución más básica y singular de su estructura social era el conocido como pacto de colactación, una alianza acordada ritualmente bebiendo leche de un gánigo (cuenco de arcilla), tal cual se hacía también en los enlaces matrimoniales.

Maqueta de La Gomera que muestra su abrupta orografía

Maqueta de La Gomera que muestra su abrupta orografía (Foto: JAF)

Por lo demás, los gomeros vivían de la ganadería fundamentalmente, tarea que ocupaba a los hombres mientras las mujeres se dedicaban a una labor menor como la agricultura. La pesca y el marisqueo eran complementos lógicos en un territorio insular, tal como revelan los grandes concheros encontrados. Es probable que fueran pescadores los primeros que vieron aparecer en el horizonte el estandarte cuartelado de Castilla hacia el año 1404, aunque hay noticias de una expedición anterior enviada por Alfonso IV de Aragón en el siglo XII. No obstante, apenas se trató de unas leves tomas de contacto sin consecuencias, ya que los intrusos llevaban dos años centrados en la conquista de Lanzarote y Fuerteventura: eran las tropas del noble francés Jean de Bethencourt, quien inicialmente trataba de asentar en la isla colonos franceses y más tarde continuó su aventura en otros sitios del archipiélago pero en nombre de la corona castellana, que al final fue la que heredó los derechos de conquista cuando él decidió retirarse.

No fue hasta 1445 que llegaron las naos a la costa gomera. Al frente estaba Hernán Peraza el Viejo, un hidalgo sevillano que dejó atrás sus olivares para embarcarse en la aventura conquistadora que impregnaba irremisiblemente a los habitantes de la Península Ibérica después de siete siglos practicándola contra los musulmanes. Peraza, que recibió el señorío de Fuerteventura como dote de su mujer al casarse, permutó luego una hacienda de su propiedad con un pariente a cambio de los derechos sobre el resto del archipiélago. Desde su base majorera realizaba incursiones a las otras islas en busca de esclavos hasta que llevó a cabo una campaña más en serio y consiguió adueñarse de El Hierro. Su siguiente objetivo era La Gomera.

Naves del siglo XV

En 1450 arribó al litoral de Orone, estableciendo un pacto de colactación con su rey. Era necesario porque los otros cantones tenían como aliados a los portugueses desde hacía décadas y parecía inevitable el choque. Así fue cómo decidió construir un fortín que sirviera de bastión principal para todas las operaciones y protegiera la pequeña bahía que se usaba para desembarcar, un recurso utilizado también en las campañas por otras islas.

Y, en efecto, se vio obligado a enfrentarse a tropas lusas durante los siguientes dos años, al término de los cuales le sorprendió la muerte. Fue en la recién fundada villa insular de San Sebastián, entonces llamada Villa de las Palmas por el palmeral que había frente al recién construido puerto, el mismo donde recalarían las naves de Cristóbal Colón durante su primer viaje, antes de lanzarse a la odisea transoceánica.

La Casa Museo Colón, donde se supone que se hospedó el navegante (foto: JAF)

De aquella localidad primigenia queda poco porque, en realidad, tampoco había mucho: un par de edificios que la tradición relaciona con Colón (la iglesia de la Virgen de la Asunción, donde habría rezado alguna vez, y la casa en la que se habría alojado, que está en la misma calle), el pozo de la aduana (donde se abastecieron los barriles de las carabelas y en la que se puede leer una bella inscripción dice que con su agua fue bautizada América) y la ermita de San Sebastián, la más antigua de la isla.

Si hablamos de la fortaleza levantada por Peraza queda menos aún: sólo la citada Torre del Conde, de estilo gótico tardío y cuya función era tanto defensiva como representativa del poder señorial. Carece de troneras para los cañones, lo que indica que o no había artillería o ésta se colocaba en otras probables estructuras hoy desaparecidas. Por supuesto, cuando visité La Gomera no perdí ocasión de acercarme a verla de cerca. 

LA REBELIÓN DE LOS GOMEROS

El relevo de Peraza lo recogió su nieto, que también se llamaba Hernán y por eso, para distinguirlo del anterior, llevaba el apodo de el Joven el Mozo. Su madre era Inés Peraza de las Casas, hija de Hernán el Viejo y a la que le gustaba hacerse llamar Reina de las Canarias porque su familia no sólo se las arregló para lograr que Enrique IV de Castilla le concediera el señorío del archipiélago sino que también convenció a los portugueses para que se marcharan de La Gomera. El reinado duró hasta 1477, en que Inés y su marido, Diego de Herrera, cedieron sus derechos a los Reyes Católicos a cambio de ser nombrados condes. Esta isla se la dejaron en herencia a su segundo hijo, el citado  Hernán el Joven; al primogénito, Pedro, le correspondió El Hierro pero no debió de quedar muy contento con el legado y, tras un duro enfrentamiento con sus progenitores, le desheredaron y entregaron el territorio su hermano en 1482.

Así llegó el año 1488, que es uno de los más importantes de la historia gomera por un incidente que desembocó en tragedia. Su abuelo había firmado en Guahedun un pacto de colactación con los cantones de Mulagua e Hipalán, pero Hernán no entendió que aquello implicaba una alianza entre iguales sino que lo interpretó como un acto de vasallaje y, consiguientemente, se comportó como dueño absoluto de sus dominios, aplicando un trato despótico a los aborígenes, sometiendo a esclavitud a algunos, imponiendo la conversión al cristianismo, proscribiendo costumbres y tomando como amante a una indígena (¿sacerdotisa, noble?) llamada Yballa. Esto último fue considerado un insulto especialmente grave, ya que el pacto les convertía jurídicamente en hermanos y las leyes locales prohibían las relaciones de consanguinidad para evitar la endogamia, siempre peligrosa en una isla. Fue la gota que colmó el vaso.

Estatua de Hautacuperche (Pediant en Wikimedia Commons)

El consejo de nativos aprobó apresar a Peraza para darle un escarmiento. Hupalupa, el respetado y anciano jefe de Orone, el primer cantón que se alió con los extranjeros, ya había advertido a Hernán del peligro de su conducta pero no fue escuchado, así que dio el visto bueno a la conjura con la condición de que no hubiera muertes de por medio. El castellano, en efecto, fue sorprendido en la cueva de Guahedum, donde se veía con Yballa, pero no se resignó a ser llevado cautivo y finalmente un guerrero llamado Hautacuperche, que era primo de ella, le mató de un banotazo (el banot era una especie de bastón-lanza típico de Canarias); Hupalupa no pudo impedirlo debido a que su precario estado físico le había hecho retrasarse en la subida hasta la gruta. Junto a Hernán cayó un paje pero su escudero logró escapar y llegar a la villa. Ya no había vuelta atrás y empezó la que ha pasado a la Historia como Rebelión de los Gomeros.

Una masa de iracundos aborígenes se lanzó al asalto de la villa de San Sebastián mientras los castellanos, al ver caer sobre ellos aquella marea humana, se refugiaban en el torreón que Peraza el Viejo había construido frente a la playa en previsión de una situación como aquélla. Los gomeros trataron de asaltar el bastión varias veces pero no lograron entrar porque, entre otras cosas, los defensores les disparaban virotes y piedras -ya dijimos en el artículo anterior que no había artillería-, aunque los indígenas se las arreglaban para esquivar los proyectiles e incluso devolverlos, pues desde niños se entrenaban en ello según cuenta el franciscano Juan de Abréu Galindo en su Historia de la conquista de las siete islas de Canarias; dice el que está considerado como uno de los cronistas del archipiélago que “acostumbraban los naturales de esta isla, para hacer diestros y ligeros a sus hijos, ponerse los padres en una parte , y con pelotas de barro les tiraban para que se guardasen; y cuando iban creciendo les tiraban piedras (…) Y tanto que, en el aire tomaban las piedras y dardos y las flechas que les tiraban con las manos”.

Beatriz de Bobadilla

Hupalupa, consciente de que se avecinaba la desgracia para unos y otros -se decía que tenía poderes adivinatorios, aunque en este caso no hacían falta-, recogió el cadáver del señor y lo llevó hasta la sitiada torre. Cumpliendo su pacto original, ofreció a la joven viuda de Peraza la ayuda del cantón de Orone pero no llegó a ver el final de la guerra porque falleció al poco, según dicen de pesar. Ella se llamaba Beatriz de Bobadilla y Ulloa, era hija del Cazador Mayor de los Reyes Católicos y sobrina de su tocaya, la Marquesa de Moya, la amiga íntima de Isabel la Católica. Había sido ésta la que impuso su matrimonio con Hernán para compensar que él había dado muerte a Juan Rejón, designado por la soberana de Castilla para conquistar El Hierro pero que por una tormenta tuvo que arribar a La Gomera y allí cayó a manos de Peraza debido a una ancestral enemistad familiar.

El caso es que Beatriz logró resistir los seis días de asedio de los aborígenes y enviar una petición de ayuda a Gran Canaria, donde gobernaba Pedro de Vera, que también había tenido sus más y sus menos con Rejón. Vera reunió cuatrocientos hombres y se embarcó hacia allí, aunque cuando llegó el cerco ya estaba debilitado debido a que el líder natural de los insurrectos, el carismático Hautacuperche, había sido abatido de un certero tiro de ballesta.

Vista desde una de las aspilleras de la torre ¿Saldría de ella el virote que mató a Hautacuperche? (foto: JAF)

Los indígenas se refugiaron pues, en las abruptas alturas de Garagonoche y así se le presentaba a Pedro de Vera una difícil campaña de pacificación a causa de la compleja orografía, por lo que recurrió a un ardid. De acuerdo con una Beatriz de Bobadilla dispuesta a ahogar en sangre su venganza, prometió el perdón a los rebeldes si asistían al funeral de Hernán el Joven, pero cuando se presentaron mandó prender a los jefes y deportar a Lanzarote o ejecutar buena parte de los varones mayores de quince años, además de esclavizar a las mujeres. Una actuación tan desproporcionada que el obispo de Canarias, fray Miguel López de la Serna, le denunció a la Corona y el gobernador terminó condenado, debiendo devolver el dinero obtenido con la venta de los gomeros esclavizados, a los que tuvo que liberar.

Eso sí, la isla quedó definitivamente tranquila y cuando cuatro años después arribó Colón fue Beatriz la que abasteció sus naves y la que le alojó en su casa; incluso corrió el rumor de que mantuvo una relación amorosa con él, lo que no sería la primera vez pues se decía que la reina Isabel la obligó a casarse con Hernán para alejarla de su marido Fernando, de quien habría sido amante. Ella se casaría en 1498 con Alonso Fernández de Lugo, conquistador de Tenerife y La Palma, pero de darse ese amorío previo con el Almirante de la Mar Océana -otro rumor del que no hay prueba alguna-, no debió ser en la torre, desde luego, que con su sencilla forma de prisma, sus quince metros de altura y cuarenta de diámetro y sus muros de dos metros de espesor aguantó sin mayor problema los ataques gomeros.

Colón pintado por Joaquín Sorolla

Al terminar mi jornada de visita a la isla tuve que elegir entre darme un chapuzón final en la playa de San Sebastián y acercarme al torreón, decantándome por esa última opción. Su aspecto seguramente difiera del que tenía entonces, no sólo porque faltan otras probables estructuras fortificadas anexas sino también porque fue restaurada más de una vez., la última en 1997. Hoy presenta paredes encaladas de blanco con sillares rojos en las esquinas. Cuenta con una pequeña barbacana y matacanes en lo alto; apenas tiene vanos y los que hay son minúsculos, pequeñas ventanitas y alguna aspillera que incita a imaginar que desde ella disparó su ballesta Alonso de Ocampo, el soldado que mató a Hautacuperche. En 1488 salvó a sus ocupantes; ahora es un simple e inocente Monumento Histórico-Artístico.

Publicado originalmente en: El Viajero Incidental

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Categorías: Historia

El Tio-Abuelo Penradock

Licenciado en Historia y diplomado en Archivística y Biblioteconomía. Fundador y director de la revista Apuntes (2002-2005). Creador del blog El Viajero Incidental. Bloguer de historia, cine, viajes y turismo desde 2009. Editor y colaborador en varios blogs.

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