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Los aztecas en combate: conquistas, guerras floridas y sacrificios

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Licenciado en Historia y diplomado en Archivística y Biblioteconomía. Fundador y director de la revista Apuntes (2002-2005). Creador del blog El Viajero Incidental. Bloguer de historia, cine, viajes y turismo desde 2009. Editor y colaborador en varios blogs.

 

Es habitual pensar que la forma azteca de combatir se ajustaba exclusivamente al modelo de guerra florida, por la que el objetivo era hacer prisioneros para el sacrificio en lugar de matar. Es un error frecuente que no tiene en cuenta que entonces carecerían de sentido buena parte de las armas que empleaban, como las arrojadizas (venablos, jabalinas, dardos, flechas) y las cortantes (macahuitl, teputzopilli), así como resultaría imposible someter a otros pueblos para convertirlos en tributarios forzosos. Lo cierto es que, aparte de las floridas, los mexicas practicaban también un tipo de guerra más convencional en la que, sin renunciar a hacer prisioneros (al fin y al cabo la forma de promocionarse de los guerreros en el escalafón y en la sociedad), no había tampoco problema en matar al adversario.

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LA GUERRA CONVENCIONAL

Ambos tipos de guerras se desarrollaban de diferente manera. Las de conquista (o más bien sometimiento, ya que no se invadía el territorio permanentemente) empezaban con una curiosa ceremonia: un embajador mexica llevaba al señorío rebelde una pasta blanca, plumas, un escudo y dardos; el señor desafiado se embadurnaba con la primera, se adornaba con el plumaje y regalaba al enviado un macahuitl y un escudo decorado de forma especial; era la aceptación de la declaración de guerra. Los tlaloques o gobernantes locales debían aprovisionar al ejército en su marcha hacia el frente. Una vez en éste, se desplegaba y una arenga de su general era respondida con gritos y tronar de caracolas para impresionar al enemigo. Luego, mediante pequeños tambores que los mandos llevaban a la espalda, se transmitía la orden de ataque.

El ejército mexica no era una masa de guerreros desordenada sino que se estructuraba en unidades de unos 8.000 hombres, a su vez subdivididos en batallones de 200 a 400 efectivos cada uno según el calpulli (barrio) a que pertenecían. Se calcula que la población de Tenochtitlán era inferior a 200.000 habitantes por lo que, teniendo en cuenta que el funcionamiento de una ciudad obliga a que el número de combatientes bascule entre un 8% y un 15% como máximo, cada miembro de la Triple Alianza (Tenochtitlán-Texcoco-Tlacopan) podía aportar unos 20.000 individuos; no obstante, los ejércitos rara vez podrían reunirse al completo y no superarían los 40.000, cifra ya considerable de por sí.

En las primeras líneas se situaba la infantería ligera (campesinos armados precariamente, con piedras y hondas más lanzadores de jabalinas y de dardos con atlátl -propulsor-), con la misión de diezmar las filas contrarias; detrás iban los guerreros de choque, armados con lanzas no arrojadizas, macahuitl y mazas. No obstante, eran formaciones flexibles en las que a veces se cambiaba esa disposición y en las que no faltaban tácticas ocasionales que recordaban un poco a las caracolas de la caballería europea, atacando y retrocediendo para incitar al contrario a romper su formación.

Los combates resultaban sangrientos, lejos de la imagen de limpieza que se suele tener de ellos, y a menudo los derrotados sufrían un duro trato: por ejemplo, Izcoátl cortó una oreja a cada cautivo de Xochimilco y al tomar Azcapozalco saqueó la ciudad, provocando una masacre sin importar la edad ni el sexo de sus habitantes; Tlacaélel quemó vivos a los que capturó en Cholula, etc. La destrucción del templo era otra acción habitual que resultaba simbólica.

 LA GUERRA FLORIDA.
Si la guerra convencional sirvió a los mexicas para expandir su imperio por la zona central de Mesoamérica, la florida (
Xōchiyaoyōtl) era de carácter religioso, destinada a conseguir prisioneros para los sacrificios a los dioses y, de paso, a entrenar a los guerreros (aunque con el tiempo la parte religiosa se relegó a segundo plano y pasó a ser una verdadera conquista).

La guerra florida no era una exclusiva de los mexicas sino que también la practicaban otros pueblos mesoamericanos; de hecho, a los aztecas les servía también para mantener a raya a estados enemigos a los que no había conseguido derrotar, como Tlaxcala, que a su vez se beneficiaba del mismo concepto. Se cree que su origen es tolteca pero las primera noticias que hay de esta curiosa manifestación bélica son mucho más recientes, entre los años 1428 y 1450, cuando Moctezuma Ilhuicamina (abuelo del huey tlatoani homónimo que conoció Cortés) se vio obligado a hacer una cantidad extraordinaria de sacrificios para aplacar la ira de los dioses, manifestada en forma de una serie de desastres naturales. Viendo el excelente resultado (Tenochtitlán superó la crisis y entró en un período de esplendor) se entiende que decidiera mantener la costumbre.

Las guerras floridas eran completamente distintas en concepción y desarrollo a las de conquista. Primero porque se llevaban a cabo en fechas fijas (salvo ocasiones excepcionales), normalmente al inicio del mes. Segundo porque se pactaba con el enemigo la localización del campo de batalla (a menudo un terreno neutral) e incluso el número de combatientes que participarían. Y tercero porque su puesta en práctica también revestía características singulares:dado que se trataba de coger prisioneros, no tenían sentido las formaciones por armamento y cobraban mayor importancia las acciones personales; algún autor incluso apunta a la posibilidad de que hubiera algún tipo de arte marcial hoy perdido (los mayas, por ejemplo, parece que tenían uno) que se aplicara en los enfrentamientos personales para reducir al adversario.

 

En combate los veteranos estarían delante, quedando los tepolchtlis (jóvenes) detrás para observar y aprender antes de entrar en acción supervisados por su instructor. No había ataques previos para diezmar al enemigo, porque ello implicaría una reducción importante de potenciales cautivos, y se iba al choque cuerpo a cuerpo directamente. Las armas se utilizaban para herir al adversario en algún punto no vital (los cronistas españoles como fray Juan de Torquemada hablan de desjarretamiento), antes de inmovilizarlo y atarlo con una cuerda (eran niños los encargados de dárselas a los guerreros en plena faena) para poder ir a buscar otra víctima. Aún así, resultaba una tarea muy difícil y que podía prolongarse hasta media hora, con lo que a quien se resistía a la captura de forma demasiado tenaz se le mataba; ¿para qué gastar fuerzas inútilmente?

Un guerrero joven (se entraba en combate con 20 años) que iba a más de dos batallas y no conseguía ningún cautivo era llamado despectivamente cuexpalchicápol (“bellaco que no ha sido nada en dos veces que ha ido a la guerra”). A menudo las capturas se hacían entre varios (sujetando cada uno un miembro) y más tarde un juez tendría que decidir quién había aportado más (o después se repartían equitativamente su carne). Robarle una captura a un compañero se castigaba con la muerte y se interrogaba al propio prisionero sobre su verdadero captor. Por supuesto, el enemigo también hacía cautivos aztecas: por ejemplo, en la batalla florida de Tliluhquipetec los mexicas ganaron setecientos hombres pero perdieron cuatrocientos. La lucha se detenía cuando los sacerdotes de ambas partes estimaban que ya se habían capturado suficientes prisioneros; al fin y al cabo, ellos pactaban también las condiciones previas. A partir de ahí los cautivos sólo tenían un destino: ser sacrificados.

SACRIFICIOS TRAS LA BATALLA
Tanto en la guerra convencional como en la florida, era normal que el ejército mexica regresara con un buen número de prisioneros cuyo futuro era la piedra de sacrificios en un 90% La vida de los aztecas estaba continuamente jalonada por
rituales orientados a la actividad bélica, desde el nacimiento mismo, cuando se enterraba un haz de dardos atados con el cordón umbilical, hasta la ceremoniosa embajada de declaración de guerra descrita antes, pasando por el momento en que recibían sus primeras armas, que celebraban con danzas, reverencias enfáticas al huey tlatoani y varios días de automortificaciones clavándose agujas de magüey o haciéndose cortes con obsidiana. Las mujeres también tenían su papel: madres, esposas e hijas lloraban la muerte de sus familiares y depositaban las cabezas de éstos con el ajuar guerrero en una pira, enterrando luego las cenizas en una urna. Pero eran los sacrificios el punto culminante de cualquier campaña militar, aún teniendo en cuenta que parte de ellos no eran de prisioneros sino de ciudadanos mismos (hombres, mujeres o niños), que morían en ocasiones especiales como la inauguración de un templo o la coronación de un nuevo tlatoani.

Los cautivos se encerraban en unas casas ad hoc llamadas malcalli, cuidadas por un tipo de sacerdote denominado cuauhueheteque, donde se les alimentaba y curaba las heridas; si habían sido capturados por guerreros pipitlin (nobles), además se les proporcionaban buenos vestidos, joyas y hasta armas. Porque ellos asumían su destino y participaban activamente en los fastos: al llegar a Tenochtitlán eran presentados al tlatoani y su corte, ante quienes danzaban y cantaban. Es más, la noche previa al sacrificio compartían espacio y comida con sus captores, cantando juntos en una extraña relación casi de camaradería; incluso los captores cortaban un mechón de pelo de sus víctimas para guardarlo de recuerdo y se llamaban primos. Si alguien conseguía escapar -algo raro porque sería tachado de cobarde por su propia gente- los vecinos del barrio podían presentar un sustituto.

Llegado el momento, los reos eran llevados a la pirámide agarrados del cabello, probablemente drogados para evitar que desfallecieran, e interpretando nuevas danzas. Había varias maneras de matar: asaetamiento, lapidación, ahogamiento, degollación… incluso la hoguera, aunque ésta era rara porque se consideraba demasiado cruel (de ahí la honda sensación que causó la quema de varios caciques ordenada por Cortés). También existía una curiosa modalidad: el sacrificio gladiatorio, en el que un guerrero que hubiera destacado en combate tenía la oportunidad de luchar contra cuatro guerreros aztecas sobre una gran piedra ceremonial circular llamada temalácatl, a la que era sujeto mediante una cuerda; si ganaba se aplazaba su muerte pero si le herían, cosa frecuente porque sólo disponía de un escudo y una estaca, se le acababa extrayendo el corazón como a los demás. Hubo un caso muy famoso, el del extraordinario guerrero tlaxcalteca Tlahuicole, que derrotó a varios turnos de adversarios y el propio tlatoani le ofreció incorporarse a su ejército, aunque él prefirió la muerte.

 

Lo habitual era la extracción del corazón para ofrecérselo aún palpitante a los dioses y que el sol pudiera alimentarse con la sangre, asegurando así que saldría al día siguiente. Algunos investigadores que negaron los sacrificios por la imposibilidad de cortar el esternón con un cuchillo han sido desmentidos: los arañazos y muescas en la parte baja de ese hueso apuntan a que los sacerdotes no rajaban el pecho sino la parte alta del abdomen, introduciendo la mano por debajo de la caja torácica para sacar el órgano. Éste se quemaba en un copón en el sancta sanctórum mientras el sacerdote (había seis especializados en ello, cada uno con cinco ayudantes) salpicaban con sangre las paredes. La sangre que brotaba al cortar se identificaba con una flor, de ahí el nombre de guerra florida.

 

Los cuerpos se troceaban para el canibalismo que practicaban los nobles y los guerreros captores, quienes tenían derecho a comer (normalmente brazos y piernas) para asumir la fuerza del muerto. La antropofagia era, pues exclusivamente ritual, no gastronómica -una especie de comunión-, y el pueblo no tenía derecho a ella. De hecho, la idea de consumir la carne de los caídos al margen de la ceremonia se consideraba un insulto hacia ellos (quizá por eso los españoles dejaron testimonio de cómo aliados tlaxcaltecas devoraban a los aztecas muertos en el mismo campo de batalla). Las cabezas solían acabar en el tzompantli, una especie de plataforma con largos listones donde se ensartaban (incluso las de los caballos, como atestiguó Bernal Díaz, aunque el numero que dio es disparatado). En algunos casos se desollaba el cuerpo y los sacerdotes del dios Xipe Totec usaban la piel como vestido (dándole la vuelta). Asimismo, eran bastante apreciados los maxilares para adornarse.

 

Todo ello constituía un impresionante espectáculo con el que los aztecas amedrentaban a sus enemigos potenciales (que también hacían sacrificios pero no de tales dimensiones) y asentaban las raíces de su dominio: esos holocaustos paroxísticos no comenzaron hasta la penúltima etapa de su historia, cuando se liberaron del yugo tepaneca y empezaron a convertirse en una potencia militar, con la subida al poder de Itzcoátl en 1427, el establecimiento de las guerras floridas por Moctezuma Ilhuicamina un par de décadas después y la famosa inauguración del Templo Mayor por Ahuízotl ya en 1487.

FUENTES: Guerreros aztecas (Marco Antonio Cervera Obregón); Hombres y armas de la conquista de México. 1518-1521 (Pablo Martín Gómez); América Latina: de la conquista a la independencia (Terence Wise); Hernán Cortés. La conquista de México, 1519-1521 (José Ignacio Lago); Historia común de Iberoamérica (VVAA); Breve historia de los aztecas (Marco Antonio Cervera); La conquista de México (Hugh Thomas).

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