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Los “justos títulos”: fundamentos jurídicos y teológicos de la conquista de América

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El Tio-Abuelo Penradock

Licenciado en Historia y diplomado en Archivística y Biblioteconomía. Fundador y director de la revista Apuntes (2002-2005). Creador del blog El Viajero Incidental. Bloguer de historia, cine, viajes y turismo desde 2009. Editor y colaborador en varios blogs.

 

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La conquista de América empezó basándose en el derecho consuetudinario medieval, que procedía del romano y el canónico anteriores, y que fue el que se usó también en la Reconquista: si en ésta se ponía en el tapete una restauración del poder cristiano y del reino visigodo, aquella venía a ser una continuación por cuanto a dicho reino habían pertenecido el norte de África, de ahí la legitimidad de la conquista de Canarias por Castilla y las esporádicas argumentaciones acerca del derecho hereditario castellano sobre el Nuevo Mundo, sólo un paso más allá. Así, Gonzalo Fernández de Oviedo aseguraba que Colón había descubierto el país de las Hespérides, llamadas de esa forma por Hespero, duodécimo monarca de la vieja España que había alcanzado aquellas tierras 1.193 años atrás.

 

 

Pero claro, González de Oviedo nunca pudo aportar las pruebas que al respecto le pedía el Consejo de Indias, así que tendió a imponerse otro argumento menos problemático: el res nulius o bienes sin dueño, por el que un territorio deshabitado pertenecía a quien lo descubría y poblaba. Fue lo que adujo Portugal para quedarse con las Azores, por ejemplo. Sólo que las Indias sí estaban habitadas, por lo que se introdujo una variante: era lícito apropiarse de países descubiertos y que pertenecieran a príncipes paganos. La praxis recomendaba, obviamente, que si dichos príncipes eran muy poderosos -caso del Gtan Khan- era mejor optar por la diplomacia. Canarios y africanos, por contra, no tenían tanto poder y por eso se los pudo despojar y esclavizar.

 

 

No obstante, los escrúpulos morales y legales seguían latentes, de ahí que Portugal solicitara al Papa una bula en 1455 que legitimaba la conquista de la costa atlántica africana, autorizaba a esclavizar a sus habitantes y prohibía la injerencia de otros países so pena de excomunión, en clara referencia a Castilla. Ésta, que ante tal panorama dirigió su expansión hacia el oeste a través del Atlántico, requirió del pontífice exactamente lo mismo, obteniendo las famosas cinco bulas alejandrinas (por Alejandro VI) en 1493. Las diferencias con Portugal, que no quedó satisfecho, se resolvieron en el Tratado de Tordesillas y los Reyes Católicos empezaron así a forjar un imperio en base a esos tres principios.

Planisferio de Cantino (1502) con la demarcación del Tratado de Tordesillas

 

 

Marinos y descubridores solían dejar constancia de su paso dejando estelas grabadas, erigiendo cruces de madera o mediante inscripciones en los troncos de los árboles, clavando la espada en tierra, tomando un puñado de ésta o celebrando ceremonias de toma de posesión (el escribano de Colón, por ejemplo, levantó acta de la que hizo el almirante en 1492 al desplegar el pendón real y dos lábaros). Ahora bien, todo esto que podía servir de manera simbólica no convencía en absoluto a los teólogos hispanos y, muy especialmente, a los escolásticos. El alma de esa tendencia, Santo Tomás de Aquino, había dicho que la formación de los estados surgía de la razón natural, de ahí la legitimidad del poder estatal de los paganos; asimismo, el derecho de propiedad sería válido para todos al fundamentarse en el derecho natural. Conclusión: a los indios no se les podía arrebatar ni su tierra ni su autoridad sobre ella.

 

 

De hecho, la escolástica también impugnaba la validez de las bulas papales. Éstas se basaban en la idea de la autoridad de la Santa Sede sobre la societas christiana (el mundo cristiano) y a ese concepto de dominus orbis recurrían los juristas. Pero los teólogos españoles volvían a Santo Tomás: puesto que Cristo no había querido ser un príncipe terrenal, el Papa carecía de autoridad sobre los paganos, que según el derecho natural (el “iusnaturalismo católico”) eran iguales al resto de los hombres. Francisco de Vitoria fue el primero en discutir la idea de que el descubrimiento daba derecho de propiedad (así lo explicaba en su cátedra de la Universidad de Salamanca) y después le siguieron Bartolomé de Las Casas y otros, ante los que reaccionó Juan de Solórzano acusándoles de “dudar de la grandeza y potestad del que reconocemos por viceDios en la tierra”.

 

 

Surgió entonces un argumento para contrarrestar a los escolásticos: el descubrimiento y la conquista ofrecían la posibilidad de anunciar a los indios los evangelios y redimirlos; aunque el Papa no tuviera autoridad, sí tenía el derecho y el deber de propagar la fe entre infieles y tales atribuciones podía delegarlas en un príncipe cristiano. Otorgaba además, la exclusiva a dicho príncipe, lo que en el caso americano equivalía a excluir al resto de países (de ahí la ingeniosa frase de Francisco I reclamando ver el testamento de Adán). En ese sentido, el dominico Bartolomé de Carranza opinaba que el rey de Castilla venía a ser asimismo el soberano del Nuevo Mundo; Las Casas apoyó esa idea también.

 

 

Pero de nuevo apareció otra pega: evangelizar ¿legitimaba la conquista por las armas? Así lo creían los conquistadores, por supuesto, y lo defendían no pocos teólogos como el escocés John Major, el español Juan Ginés de Sepúlveda y hasta los escolásticos como Vitoria o Domingo de Soto. La idea de un príncipe cristiano que asumiera la responsabilidad se adaptaba como un guante al momento y a la persona de Carlos V: la fundación de un imperio universal que integraba los reinos en una comunidad internacional según el derecho de gentes era un concepto medieval que fue recuperado por el jurista Miguel de Ulcurrum en 1525. Si los paganos se negaban a reconocer la soberanía ecuménica del emperador, no quedaba otra que tratarlos como rebeldes. Frente a esto volvieron a reaccionar los escolásticos; Vitoria negó que el emperador fuera señor de todo el orbe y Carranza expuso que nunca se había dado algo así porque el mundo era demasiado diferente.

 

Ahí entró en liza una nueva y curiosa cuestión: ¿tenían legitimidad sobre sus territorios los príncipes indios? Según lo que decían las crónicas, el Sapa Inca y el Huey Tlatoani azteca no habían heredado sus imperios sino que los habían logrado a base de conquistas, luego era legítimo deponerlos. Otra cosa era que se sometieran voluntariamente a la soberanía española, algo que eliminaba cualquier posible discusión incluso entre los escolásticos. El problema estaba en que debía ser una sumisión libre y los conquistadores la habían forzado tomándolos como rehenes (no sólo Cortés y Pizarro, pues era una práctica común).

 

 

Por otra parte, se debatía también si era acorde a derecho instaurar un sistema de dominio, tal como defendía Ginés de Sepúlveda apoyándose en la Política de Aristóteles y según la cual los pueblos bárbaros e incultos debían servir a los dotados de razón. De este argumento nació la iconografía más despectiva hacia las civilizaciones americanas, la que ponía el acento en la idolatría, los sacrificios humanos, la antropofagia, la sodomía, el impudor, la deshonestidad o la lujuria, obviando cualquier rasgo positivo. Por eso también se dudó de su humanidad. El jurista Gregorio López, miembro del Consejo de Indias, mantenía a mediados del siglo XVI que los pecados de los indios contra Dios y la naturaleza eran en sí un título jurídico para la conquista. Enfrente estaban los misioneros y teólogos como Antonio de Montesinos (en 1511 dio un duro sermón a los colonos de Santo Domingo), Bernardo de Minayo (que viajó a Roma para denunciar ante el Papa la situación) o Juan Garcés (que refutó los argumentos por escrito). Su esfuerzo se vio recompensado por Pablo III, que en la bula de 1537 proclamó que los indios eran hombres verdaderos y podían disponer libremente de sí mismos y de sus propiedades.

 

 

El prestigioso Diego de Covarrubias negó en 1548 el derecho a hacerles la guerra basándose en la superioridad cultural, algo que subrayó luego Melchor Cano planteando además si sujetar a los indios a un ordenamiento social ajeno no resultaría dañino para ellos. En suma, los escolásticos aceptaban la idea de una república universal pero en situación de reciprocidad de todos los pueblos; los españoles, pues, tenían derecho a ir al Nuevo Mundo, establecerse y comerciar pero sin forzar a nada a los indios, salvo que presentaran resistencia. Algo que sostenía también Juan de la Peña como medio de salvaguarda de los derechos fundamentales. Vitoria lo resumió en la tesis de los siete justos títulos: derecho a viajar y a establecerse sin dañar a los aborígenes, derecho sobre ellos si hacían la guerra, derecho a predicar y evangelizar, derecho a conquistar si algún príncipe forzaba el regreso a la idolatría, derecho a salvar a la gente de una muerte injusta (en relación a sacrificios y canibalismo) y derecho de los indios a tener un soberano cristiano.

 

 

Todo este debate, que empezó al poco de volver Colón y se prolongó a lo largo de dos siglos, fue lo suficientemente importante y tuvo tal repercusión pública que en 1539 Carlos V lo consideró “perjudicial y escandaloso”, recomendando a los religiosos evitarlo y guardar toda la documentación crítica relativa al mismo. Fue inútil porque los teólogos españoles insistieron y en 1542 Las Casas logró ser recibido por el emperador para decirle que la labor en el Nuevo Mundo eran “ynvasiones violentas de crueles tiranos, condenadas no sólo por la ley de Dios, pero por todas las leyes humanas” y pidiéndole que paralizara la conquista y devolviera los territorios a los indios. Se cuenta que Carlos tuvo la intención de hacerle caso pero no hay constancia documental y probablemente se trató de una leyenda, aunque la influencia de esa controversia quedó reflejada en una legislación que trataba de ser humanitaria. A partir de 1573, se sustituyó la palabra conquista por pacificación.

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA:

América Latina. La época colonial (Richard Konetzke);

Historia común de Iberoamérica (VVAA: “La conquista”, por J. De la Puente).

La américa española y la América portuguesa. Siglos XVI-XVIII (Bartolomé Bennassar);.

El Antiguo Régimen. Los Reyes Católicos y los Austrias (Antonio Domínguez Ortiz).

El Viejo mundo y el Nuevo (J.H. Elliot).

La España de Carlos V (Pierre Chaunu).

El imperio español. De Colón a Magallanes (Hugh Thomas).

Imperio. La forja de España como potencia mundial (Henry Kamen).

 

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