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El Tio-Abuelo Penradock

Licenciado en Historia y diplomado en Archivística y Biblioteconomía. Fundador y director de la revista Apuntes (2002-2005). Creador del blog El Viajero Incidental. Bloguer de historia, cine, viajes y turismo desde 2009. Editor y colaborador en varios blogs.

Lozen vista por Jeroen Vogtschmidt

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Las mujeres no lo han tenido fácil en la historia. Circunscritas en casi todas las épocas y lugares a cuidar del hogar y la familia, las que trascendieron ese rol son muy pocas y casi siempre ligadas a la categoría de su linaje, quedando la mayoría al margen del poder político y no digamos ya del militar. Esta situación ha sido aún más aguda en comunidades primitivas salvo en algunas muy concretas. El pueblo indio norteamericano no escapó a ello y mientras los hombres se dedicaban a la caza y al guerra, sus mujeres cuidaban de los hijos y recolectaban comida. Sólo hubo una excepción conocida, el insólito caso de una guerrera que además tenía poderes visionarios y participó en varios combates. Se llamaba Lozen y era hermana de Victorio, jefe de los apaches chiricahuas.

Los apaches eran originarios de lo que hoy es Canadá pero fueron emigrando hacia el sur a lo largo de varios siglos, terminando por instalarse entre los ríos Colorado y Brazos, en el actual estado de Texas, donde chocaron con los españoles a finales del siglo XVI y se aliaron a los indios pueblo contra ellos. Los enfrentamientos no sólo no cesaron sino que se prolongaron durante cien años debido a que los apaches eran empujados más cerca de sus enemigos por los comanches, quienes a su vez se resentían de la presión de los sioux por el norte. Sus territorios, bautizados con el nombre hispano de Apachería, eran difusos y se extendían por Arizona, Nuevo México, Texas, partes de Colorado y California y las regiones septentrionales del actual México.

Distribución de los diferentes pueblos apaches/Imagen: Apachería

Eso se debía a su ausencia de unidad. Había apaches chiricahuas, mescaleros, jicarilla, lipanes, occidentales y de las llanuras, sin contar a kiowas y navajos, que estaban emparentados con ellos. Pero es que, además, cada una de estas tribus se subdividía en varias más y cada una tenía su propio jefe; nunca hubo un líder absoluto de todos los apaches -lo que les resultó negativo- y sólo Cochise, un chiricahua chokonen, consiguió algo parecido aglutinando a numerosos chiricahuas para enfrentarse al hombre blanco en las llamadas Guerras Apaches.

Éstas empezaron en 1861 por una falsa acusación contra él y un intento de capturarle con engaños que terminó trágicamente al ser ejecutados varios familiares suyos y contestar él de manera similar. Cochise resistió todos los ataques y sólo cedió en 1872, cuando alcanzó un acuerdo de paz. Para entonces ya era un anciano y falleció dos años después. Su hijo y sucesor, Taza, murió durante un viaje a Washington y el testigo pasó a Naiche, quien entablaría alianza con un oscuro guerrero chiricahua bedonkole de desconcertante comportamiento pero que tenía la facultad de ver el futuro y cuya familia había sido asesinada de forma similar a la de Cochise pero por los mexicanos, de ahí su odio hacia ellos. Ese extrañó individuo se llamaba Goyaalé, aunque había cambiado su nombre por el de Jerónimo tras una batalla en la que se distinguió ante esos detestados enemigos, que temerosos de aquel demonio evocaban al santo homónimo.

Cochise por el artista Gregory Perillo, según las descripciones; no se conserva ninguna foto ni retrato

Otro de los subgrupos chiricahuas era el de los chihenne, que los españoles primero y los mexicanos después conocían como mimbreños. Su jefe Mangas Coloradas también sufrió una traición de los blancos que supuso la muerte de dos de sus cuatro esposas y varios parientes más, una constante para los indios que tenía su consiguiente reflejo en el odio mortal al blanco (en su caso a los mexicanos de Sonora) y la crueldad que practicaba con los prisioneros que hacía. Mangas Coloradas era yerno de Cochise, por eso se unió a él con sus mimbreños.

En 1863 su muerte, asesinado vilmente cuando ya le habían capturado con un nuevo engaño, dejó a los mimbreños consternados, más aún después de que el ejército masacrase su poblado y enviase al resto en la reserva de San Carlos, un lugar infame, de clima desértico, sin agua y poblado de mosquitos, donde las epidemias hicieron estragos entre los apaches recluidos (allí se juntaban varios tipo: chihennes, montaña blanca, aravaipas…).

De izquierda a derecha: Yaznozha, Chappo, Fun y Jerónimo

Es ahí donde empieza a crecer la figura de Victorio. Aunque no se sabe gran cosa de su infancia, parece ser que se trataba de un mestizo mexicano raptado de niño y criado, como era costumbre, como un apache más. De carácter sobrio, no se emborrachó nunca y únicamente tomó una esposa, pero aunque era reflexivo, se hicieron famosos sus súbitos ataques de ira. Al parecer no solía ponerse pinturas de guerra, lo que no impidió que se le tuviera por un gran guerrero. Luchó a las órdenes de Mangas Coloradas y Cochise aceptando instalarse en la reserva de Tularosa en 1873. Pero cuatro años más tarde llegó la orden de trasladarse a San Carlos, donde Victorio apenas aguantó unos meses.

El 2 de septiembre de 1877 reunió a trescientos diez de los suyos, incluídas mujeres y niños, y tras robar una manada de caballos a sus vecinos, los montaña blanca, escapó perseguido por un verdadero ejército que incluía soldados, voluntarios e incluso policías indígenas. Consiguió esquivarlos y establecerse en la reserva de Ojo Caliente, un lugar mucho más agradable. Allí permanecieron los mimbreños un año, incrementando progresivamente su número con nuevas incorporaciones.

Victorio

Victorio tenía una hermana pequeña, Lozen (eso significa su nombre). Nacida en torno a 1840, por tanto unos quince años más joven, se crió practicando los mismos ejercicios que los chicos, a los que solía vences en las carreras. Cuando creció adquirió una gran belleza que, sin embargo, no utilizó para encontrar marido porque renunció a casarse; en su lugar eligió llevar una vida de guerrera, vistiendo y viviendo como los hombres. Otras mujeres montaban a caballo junto a sus maridos con parecida habilidad pero Lozen los superaba y además reunía otras habilidades como capturar caballos a lazo y una excelente puntería con el rifle.

Era algo poco habitual pero que tampoco debía ser un tabú porque todos la aceptaron y le permitían sentarse en el consejo. Claro que aquella indómita joven contaba con una ventaja (además de ser hermana de Victorio): su poder visionario. Se cuenta que lo adquirió cuando tenía doce años durante un estado místico y era algo a lo que los indios le daban un valor especial. Jerónimo, decía antes, también lo tenía, aunque ambos lo manifestaban de forma diferente: en el legendario guerrero eran simples visiones que se presentaban de pronto, mientras que Lozen debía estar de pie, estirar los brazos hacia lo alto y girar en círculo orando a Ussen (El Creador de Vida, una versión apache de Dios); entonces  las venas de dichos brazos azuleaban señalando la posición, el número e incluso la distancia del enemigo. Los testigos, tanto de uno como de otra, juran que siempre acertaba.

Retrato de Lozen basado en una fotografía suya

Lozen vestía como los hombres y, aunque se le daba bien curar las heridas, por su buena puntería se ocupaba de cubrir la retaguardia durante las huidas (los ataques apaches solían consistir en rápidas incursiones). Combatió contra los mexicanos y participó en las Guerras Apaches, luchando junto a los grandes. Luego siguió a su hermano -de quien se decía que era su estratega- a la reserva de San Carlos y, por supuesto, también cuando escapó.

Como también expulsaron a los chiricahuas de Ojo Caliente, Victorio se entregó en Fort Stanton. Tampoco allí duraría porque el agente indio vendía por su cuenta las provisiones destinadas a los indios, así que los apaches volvieron a echarse al monte iniciando una brutal campaña de asaltos extremadamente violentos que dejaron un millar de muertos en poco más de un año y exacerbaron los ánimos de los colonos.

George Crook

El general Crook se lanzó tras ellos pero a finales de 1879 ya habían pasado otro lado de la frontera. Ello llevó a los gobiernos estadounidense y mexicano a firmar un acuerdo por el que se autorizaba a sus tropas a cruzar a territorio vecino si se hallaban persiguiendo indios. Así, cuatro mil hombres de ambas nacionalidades empezaron a asediar a los cuatrocientos cincuenta de Victorio, de los que sólo una cuarta parte eran guerreros.

Y una guerrera, contando a Lozen, aunque ésta se descolgó del grupo para escoltar a una mescalera embarazada hacia su reserva de Nuevo México, al no estar en condiciones de continuar con los demás. La odisea que pasaron esas dos mujeres es digna de la mejor literatura. La joven rompió aguas cabalgando y Lozen decidió quedarse con ella, entregando los caballos a otros compañeros para esconderse entre unos matorrales y ayudarla a dar a luz. Se las arreglaron para acallar los llantos del recién nacido y que no les oyeran los soldados que patrullaban la zona, emprendiendo luego el camino hacia la reserva.

Tras la pista (Howard Terpning). Scouts apaches siguiendo el rastro de los fugados

Un camino largo que duró varias semanas, durante las cuales no faltaron momentos dramáticos como el robo de dos caballos a unos mexicanos en medio de una lluvia de balas o la necesidad de matar un longhorn (una raza bovina típica de Texas que debe su nombre a la enorme longitud de sus cuernos) con un cuchillo para evitar que alguien oyera el disparo, haciendo después una cantimplora con el estómago del animal. Lozen también mató a un soldado incauto que se acercó demasiado, quedándose con sus armas. Tras otros épicos episodios los tres consiguieron alcanzar su destino a salvo. Allí se enteraron de lo ocurrido con el grupo de Victorio: el teniente coronel Jacinto Terrazas lo había acorralado en Tres Castillos, cerca de Chihuahua, matando a la mayor parte de sus guerreros; él mismo cayó de un tiro cuando se lanzó contra el enemigo cuchillo en mano al agotar su munición.

Terrazas informó de haber matado a setenta y ocho apaches, lo que significa que murieron casi todos, escapando únicamente los diecisiete mescaleros que ahora contaban los hechos y unos pocos mimbreños. Entre ellos estaba el legendario Nana, un veterano de setenta y cinco años que asumió la responsabilidad de reunir a los supervivientes y desatar una sangrienta venganza a lo largo de siete meses ayudado por Jerónimo. Lozen partió apresuradamente para unírseles, atravesando el desierto y eludiendo las patrullas enemigas hasta localizarlos en Sierra Madre. Nana dio por terminada aquellas correrías en agosto de 1881 pero eso no supuso más que una tranquilidad efímera.

Nana

Un poco antes, en junio, un hechicero de los apaches montaña blanca llamado Nochedelklinne empezó a enseñar a los suyos una danza ritual que había concebido en una visión según la cual se acercaba el final del dominio del hombre blanco. Esto se repetiría varias veces más en los años siguientes, siendo la más conocida la de los sioux de 1890. Poco a poco los apaches fueron dando por buena la percepción de Nochedelklinne, creciendo el número de seguidores. Incluso Nana, Jerónimo y Juh se dejaron convencer. Por supuesto, el gobierno no se quedó brazos ante lo que consideraba una rebelión en ciernes y envió una columna a arrestar al hechicero.

El relato de lo ocurrido es algo confuso pero parece ser que el intérprete se equivocó, originando una discusión, sonó un disparo y un oficial cayó muerto, siguiéndole a continuación Nochedelklinne y desatándose un pandemónium de balas en el que los exploradores apaches del ejército se pusieron de parte de su pueblo por primera y única vez en todas las Guerras Apaches. Murieron dieciocho indios y siete blancos pero lo peor fue que se había iniciado una nueva guerra porque, al mes siguiente, los bedonkoes Jerónimo y Naiche más el jefe nedmhi Juh y otros setenta y dos hombres escaparon de la reserva con caballos del ejército robados por Lozen.

Naiche, hijo de Cochise

“Aunque es una mujer, no existe guerrero más valioso que la hermana de Victorio” gritó Nana a los demás cuando se pusieron a salvo en Sierra Madre. Ella hizo su ritual visionario para confirmar de que no había enemigos cerca. Trazaron un plan verdaderamente audaz: volver sobre sus pasos a la reserva de San Carlos para obligar al jefe mimbreño Loco a ir con ellos. No lo hizo de buen grado porque apenas tenía armas y tenía a su cargo muchísimas mujeres y niños, pero Jerónimo, que había asumido el liderazgo, no le dio opción. Durante el regreso a Sierra Madre los mexicanos les tendieron una emboscada y empezó una salvaje batalla en la que cayeron buena parte de aquellos mimbreños. También hay noticias de una osada mujer que corrió hacia un caballo del enemigo, cortó las alforjas de la munición y retornó a sus posiciones con ella, siempre cubierta por los certeros disparos de Lozen, que “derribaba a un hombre con cada descarga”.

Tanto los mexicanos como los apaches resultaron diezmados al final. Las montañas fueron una vez más el refugio, recuperándose poco a poco mientras Lozen encabezaba nuevas incursiones para conseguir caballos. Pero el destino de los apaches se iba haciendo cada vez más sombrío. Juh, un bravo guerrero que era el líder de aquella banda y había tendido mortales emboscadas a oficiales prestigiosos como el estadounidense de Cushing o el mexicano Mata Ortiz, perdió la vida cuando su caballo cayó por un terraplén y lanzó al jinete al río, donde se ahogó. Jerónimo ocupó su lugar, lo que en cierta forma era un problema porque no se llevaba bien con Naiche ni con Mangas, el hijo de Mangas Coloradas, a los que consideraba demasiado templados. Además, todos estaban desmoralizados ante sus penurias y el asedio continuo del general Crook, careciendo apenas de municiones. Se impuso la realidad y pactaron el retorno a la reserva.

Jerónimo

Losa chiricahuas no aguantaron allí más que dos años. Las fricciones con los blancos y la imposición de normas ajenas a su modo de vida, como la prohibición de elaborar tiswin (una cerveza de maíz que bebían en las ceremonias religiosas), hizo estallar la tensión otra vez. El 17 de mayo de 1885 Jerónimo, Nana, Naiché, Mangas y Lozen encabezaron una nueva fuga con medio centenar de guerreros y el doble de mujeres y niños. EEUU estalló contra ellos en una mezcla de cólera y pánico y Crook salió de nuevo en su busca pero la habilidad de los indios al separarse en varios grupos le hizo perder el rastro; más aún, Jerónimo no sólo tuvo la osadía de rescatar a su mujer y su hijo sino que se volvió a casar con una mescalera durante la huida. Además empezó a brillar otro chiricahua llamado Ulzana con fulminantes ataques en los que nunca perdió un solo hombre. Pero los apaches estaban divididos y no sólo físicamente. El indomable Nana se rindió y Mangas rompió definitivamente con Jerónimo quien, deprimido, tiró la toalla una vez más ante Crook.

Ocurrió entonces algo un tanto absurdo. Se habían entregado ya todos los indios y marchaban hacia EEUU ahogando sus penas en alcohol cuando el comerciante que les vendió la bebida se burló de Naiche asegurándole que les iban a ahorcar. En realidad no dijo nada que no publicara la prensa estadounidense pero Jerónimo lo tomó al pie de la letra y decidió no jugársela, escapando con Naiche, Lozen y un pequeño grupo de treinta y siete chiricahuas mientras los demás eran enviados en tren a Fort Marion, Florida. Crook tuvo que presentar la dimisión y fue sustituido por Nelson Miles, un militar soberbio y petulante que, al contrario que su predecesor, no acompañaba a su hombres en las batidas (¡cinco mil se movilizaron!) sino que los dirigía desde su cuartel general, por lo que se ganó el desprecio de los apaches. También se diferenciaba de Crook en que era despiadado.

Los apaches junto al tren que los deportó a Florida

Las condiciones de los evadidos resultaron aún más precarias que las veces anteriores pero extenuados, casi sin munición y pasando un hambre atroz siguieron esquivando a sus perseguidores, asaltando ranchos para aprovisionarse y dejando detrás un reguero de muertos. Dos mujeres, una de ellas probablemente Lozen, fueron enviadas a la ciudad de Fronteras a parlamentar; las autoridades las colmaron de comida y las dejaron volver para mostrar su buena voluntad ignorando ingenuamente que eso era exactamente lo que querían, conseguir víveres. Pero no contaron con la tecnología: un telegrama informó a Miles y éste mandó allí a sus tropas.

No obstante, la habilidad de un oficial evitó el combate. Negociando en nombre del general, prometió que les enviarían a Florida con los demás y todos aceptaron. Era la cuarta vez que Jerónimo se rendía y Miles se las arregló para adjudicarse el mérito en exclusiva. Como siempre, las promesas se evaporaron. A Fort Marion sólo se enviaron mujeres y niños; los hombres fueron recluidos en una isla de Pensacola y Jerónimo exhibido como un animal de circo. El clima insano -pantanos, mosquitos- provocó una epidemia de malaria que acabó con muchas vidas y se separó a los niños de sus padres para someterlos a una reeducación, vistiéndolos al estilo de los blancos y cambiándoles sus nombres; así se libraron de la malaria pero a cambio sufrieron  la aculturación y, encima, se extendió entre ellos la tuberculosis.

Detalle de la fotografía anterior donde se identifica probablemente a Lozen

Para afrontar esas enfermedades se trasladó a los apaches a Mount Vernon, en Alabama, una especie de campo de concentración en medio del bosque. Pudieron reunirse las familias pero la tuberculosis no cedió y una de las primeras víctimas que se cobró en aquella nueva prisión fue la de Lozen, el 17 de junio de 1889; para entonces se hacía llamar Isspyelzossen. El general Crook les hizo una visita en 1890; no quiso ver a Jerónimo, harto de sus engaños, pero escribió un informe recomendando que se devolviera a los apaches a Arizona. Murió dos meses más tarde aunque en 1894 se aceptó una propuesta alternativa que había hecho: llevarlos a Oklahoma, compartiendo reserva con kiowas y comanches.

Fue el destino definitivo de los chiricahuas. Jerónimo sobrevivió a todos y sólo acabó con él una pulmonía que pilló tras pasarse una noche inconsciente al aire libre a causa de una borrachera. Daklugie, el hijo de Juh y sobrino suyo, estuvo a su lado hasta el final. Contó que sus últimas palabras fueron para lamentar haberse rendido y para recitar los nombres de los grandes guerreros que había conocido; entre ellos citó a Lozen.

BIBLIOGRAFÍA.

ROBERTS, David: Las Guerras Apaches. Cochise, Jerónimo y los últimos indios libres.

BROWN, Dee: Enterrad mi corazón en Wounded Knee.

VVAA: Culturas de los indios norteamericanos.

OLIVER, Victoria: Pieles rojas.

STOCKEL, H. Henrietta: Chiricahua apache women and children. Safekeepers of the heritage.

PERDUE, Theda: Sifters. Native american women’s lives.

SONNEBORN, Liz: A to Z of american indian women.

Apachería

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Categorías: Historia

El Tio-Abuelo Penradock

Licenciado en Historia y diplomado en Archivística y Biblioteconomía. Fundador y director de la revista Apuntes (2002-2005). Creador del blog El Viajero Incidental. Bloguer de historia, cine, viajes y turismo desde 2009. Editor y colaborador en varios blogs.

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