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Mastro Titta, el verdugo de los Papas

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El Historicon

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Físico de formación, historiador de afición y voraz lector. Escribo el blog http://elhistoricon.blogspot.com.es/
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Sin duda alguna, uno de los oficios peor vistos a lo largo de la historia ha sido el de verdugo. Aunque los verdugos han estado presentes a lo largo de los tiempos (y en algunos países lo siguen estando), su labor conllevaba generalmente el desprecio y el odio de sus conciudadanos hasta el punto de que se evitaba tener contacto alguno con ellos. Por ejemplo, en la Edad Media no podían tocar los alimentos en el mercado y debían señalar lo que querían comprar con una vara, y era costumbre santiguarse tres veces después de recibir dinero de uno de ellos. Su trabajo era hereditario, produciéndose auténticas dinastías de verdugos en las que el oficio pasaba de padres a hijos. No es extraño que muchos de ellos, agobiados por el trabajo que realizaban y el odio y desprecio de sus vecinos, se dieran a la bebida y fueran seres huraños y taciturnos.

 
Ejecución por mazzatello

No obstante, en toda regla hay excepciones, y una de ellas es la que hoy traemos aquí. Durante 69 años (fue el verdugo con la carrera más larga de la Historia) Giovanni Battista Bugatti fue el encargado de ajusticiar a aquellos que eran condenados a muerte por los Papas y los tribunales eclesiásticos, y aunque se podría pensar que esa dedicación le habría hecho un hombre violento o de mal carácter, la verdad es que era una persona apacible que ayudaba a su mujer confeccionando y pintando sombrillas que luego vendían a los turistas. Conocido como “Mastro Titta”, su apodo se convirtió en sinónimo de su oficio en Roma y sus alrededores. Solía ser amable con aquellos a los que ajusticiaba, consolándoles en sus últimos instantes y llegando incluso a ofrecerles tabaco. Se hizo tan popular, que aún a día de hoy se encuentran en Roma muchos establecimientos que llevan su nombre. Esta es la historia de este verdugo.

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Cuando Mastro Titta cruzaba el puente

Aunque a muchos pueda parecerle extraño, no fue hasta 1969 que el Vaticano abolió la pena de muerte. Hasta entonces, era posible ser ejecutado por delitos tales como el intento de asesinato del Papa, por ejemplo. La pena capital fue apoyada por numerosos teólogos desde los comienzos de la Iglesia, incluidos San Agustín y Santo Tomás de Aquino. Y es que muchas veces se olvida que el Papado fue un poder temporal más dentro de Europa y que como tal se comportaba, participando en toda suerte de intrigas y luchas por el poder. De hecho, la última ejecución llevada a cabo en este territorio fue en el no tan lejano año de 1870, dos meses antes de que las tropas de Saboya entraran en la ciudad culminando la reunificación italiana. Y como es natural, esas penas de muerte tenían que ser ejecutadas por un verdugo.

 
Casa donde vivía Mastro Titta

Uno de esos verdugos fue Giovanni Battista Bugatti. En 1796, a la edad de 17 años entró en el oficio al servicio del Papa Pío VI. Era de baja estatura, aunque con el tiempo se fue haciendo más corpulento y fornido. Durante los primeros cinco años de su trabajo apenas tuvo que ajusticiar a 6 personas (todas por decapitación). Sin embargo, a partir de 1801 los Estados Pontificios caen bajo dominación francesa y pasan a ser delitos capitales algunos que antes no lo eran, como por ejemplo conspirar contra Francia. Estando como estaban bajo administración militar, muchas veces la mera sospecha era suficiente para ser condenado a muerte. Así pues, al verdugo se le fue acumulando el trabajo: muchas veces salía a una ejecución diaria, lo que era una barbaridad incluso para una administración militar de ocupación.

 
Mastro Titta ofreciendo tabaco a un reo

Bugatti era conocido también como Maestro de Giustizia (“Maestro de Justicia”), de donde derivó su apodo: Mastro Titta. Vivía en el barrio del Borgo (concretamente en el callejón de la Campanile, en una casa que aún se conserva), de donde no podía salir para preservar su propia seguridad, y en donde se dedicaba a ayudar a su esposa a fabricar y pintar sombrillas y paraguas para vendérselas a los turistas. Claro que esto era entre ejecución y ejecución. El día que tenía que cumplir con su trabajo, se ponía una capa escarlata con capucha, cogía sus herramientas y cruzaba el Puente de Sant’Angelo camino de la Piazza del Popolo o el Campo dei Fiori, lugares donde habitualmente se instalaban los cadalsos. Esta forma de proceder se hizo famosa en Roma, donde la expresión “Mastro Titta passa ponte” (Mastro Titta cruza el puente) se convirtió en sinónimo de una ejecución inminente. Además, se corría rápidamente la voz, de modo que la gente se arremolinaba alrededor de los cadalsos sabiendo que ese día habría ejecución. En bastantes ocasiones había tumultos buscando el mejor sitio.

 
Capa y hacha de Mastro Titta

Utilizaba varios métodos para las ejecuciones. Aunque su herramienta favorita era el hacha, usaba también la horca, el mazzatello (véase epígrafe siguiente), y a partir de la ocupación francesa, la guillotina. Solía tratar de forma amable a los condenados, dándoles palabras de consuelo e incluso una última pizca de tabaco. De hecho, llamaba a los condenados “sus pacientes” y a las ejecuciones “tratamientos”. Una vez realizado el trabajo, Bugatti exhibía su cabeza a la multitud (tal y como mandaba la ley). A veces, cuando el crimen del condenado era particularmente execrable, lo descuartizaba y distribuía los pedazos por el cadalso. Terminada la ejecución, volvía a su barrio del Borgo a ayudar a su mujer con las sombrillas.

 
Pío IX, que jubiló a Mastro Titta

No debemos sin embargo juzgar a Bugatti sin tener en cuenta el contexto de la época. Por aquel entonces, las ejecuciones públicas eran habituales y la gente iba a verlas acompañados de sus familias. Se cuenta que los padres romanos daban una bofetada a sus hijos coincidiendo con el momento en que la cuchilla o el hacha caían sobre el condenado, para recodarles las consecuencias de cometer delitos. Bugatti realizaba un trabajo que de todas formas alguien haría. En este sentido, es esclarecedora la frase que pronunció otro verdugo, Charles Henri Sanson (famoso por ser el que decapitó a Luis XVI): “Si los verdugos somos una vergüenza, no deberíamos existir. Y si somos necesarios, que se nos trate con el respeto de tales. Por favor”. Bugatti era un personaje famoso en la ciudad, al que se le dedicaron canciones y poemas.

 
Mastro Titta mostrando una cabeza cortada

Se jubiló en 1865, tras 69 años al servicio de seis Papas distintos (el último, Pío IX). Fue uno de los verdugos con más años de permanencia en su puesto, y dejó tras de sí la cifra de 516 ejecuciones. Su pensión de jubilación fue generosa para la época (30 escudos anuales), teniendo en cuenta que por cada trabajo cobraba sólo 3 céntimos de lira. El apodo que tuvo (Mastro Titta) se convirtió en sinónimo de su profesión, y aún a día de hoy pueden verse muchos establecimientos de Roma que se llaman así. Murió en Roma el 18 de junio de 1869, a la edad de 89 años.

El mazzatello

Tal y como hemos comentado antes, uno de los métodos empleados por Bugatti en sus ejecuciones era el mazzatello. Este método se utilizó sobre todo durante el siglo XVIII y parte del siglo XIX y sólo en los Estados Pontificios. Para ejecutarlo se utilizaba una maza (de ahí el nombre), con mango largo y cabeza de hierro, con el que se golpeaba al reo en la sien o en el centro de la cabeza. El procedimiento era del siguiente modo: El condenado era llevado al cadalso acompañado de un sacerdote y del verdugo, donde era puesto en posición. El sacerdote empezaba una oración por su alma, y en el momento de acabarla, el verdugo levantaba la maza, le daba un giro en el aire para darle más fuerza y la descargaba contra la cabeza del condenado. Acto seguido, lo degollaba y lo metía en un ataúd.

 
Maza usada en las ejecuciones

Se dieron casos de que el reo no moría, a pesar del golpe y de la degollación, con lo que al cabo de unas horas se despertaba y se encontraba enterrado vivo. Precisamente por este método se llevó a cabo la última ejecución en los Estados Pontificios en 1870, dos meses antes de que los Estados Pontificios pasaran a estar bajo administración de la Casa de Saboya. Muchos historiadores consideran que de esta forma de ajusticiamiento proviene la expresión “A Dios rogando y con el mazo dando”, debido a que el golpe con la maza se descargaba justo en el momento en que el sacerdote que acompañaba al reo terminaba la oración por su eterno descanso.

Una ejecución de Mastro Titta narrada por Charles Dickens

Tanto Lord Byron como Charles Dickens tuvieron la ocasión de presenciar en vivo una ejecución llevada a cabo por Mastro Titta. Concretamente éste último, en su libro “Estampas de Italia” (de 1846), la describe del siguiente modo:

Un domingo por la mañana (el 8 de mayo) decapitaron aquí a un hombre. Había atacado nueve o diez meses antes a una condesa bávara que peregrinaba a Roma (…) le robó cuanto llevaba y la mató a palos con su propio cayado de peregrina. El hombre se había casado hacía poco y regaló algunos vestidos de la víctima a su esposa, diciéndole que se los había comprado en una feria. Pero la mujer había visto pasar por el pueblo a la condesa peregrina y reconoció algunas prendas. El marido le explicó entonces lo que había hecho. Ella se lo contó a un sacerdote en confesión, y cuatro días después del asesinato apresaron al hombre.

No hay fechas fijas para la administración de la justicia ni para su ejecución en este país incomprensible; y el hombre había permanecido en la cárcel desde entonces. (…) La decapitación estaba fijada para las nueve menos cuarto de la mañana. Me acompañaron dos amigos. Y como sólo sabíamos que acudiría muchísima gente, llegamos a las siete y media. (…) Era un objeto tosco (el patíbulo), sin pintar, de aspecto desvencijado y unos diez palmos de altura, en el que se alzaba un armazón en forma de horca, con la cuchilla (una masa impresionante de hierro, dispuesta para caer), que resplandecía al sol matinal cuando este asomaba de vez en cuando tras una nube.

Dieron las nueve y las diez y no pasó nada. (…) Dieron las once y todo seguía igual. Recorrió la multitud el rumor de que el reo no se confesaría; en cuyo caso, los sacerdotes le retendrían hasta la hora del avemaría (el atardecer); pues tienen la misericordiosa costumbre de no apartar hasta entonces el crucifijo de un hombre en semejante trance, como el que se niega a confesarse y, por lo tanto, es un pecador abandonado del Salvador. La gente empezó a retirarse poco a poco. Los oficiales se encogían de hombros y se mostraban dubitativos. (…) Se oyó de pronto ruido de trompetas. Los soldados de a pie se pusieron firmes, desfilaron hacia el patíbulo y lo rodearon en formación. La guillotina se convirtió en el centro de un bosque de puntas de bayonetas y de sables brillantes. La gente se acercó más, por el flanco de los soldados. Un largo río de hombres y muchachos que habían acompañado al cortejo desde la prisión desembocó en el claro.

 
Capa, hacha y ornamentos de Mastro Titta

Tras una breve demora, vimos a unos monjes que se encaminaban hacia el patíbulo desde la iglesia; y por encima de sus cabezas, avanzando con triste parsimonia, la imagen de un Cristo crucificado bajo un doselete negro. Lo llevaron hasta el pie del patíbulo, a la parte delantera, y lo colocaron allí mirando al reo, que pudo verlo al final. No estaba en su sitio cuando él apareció en la plataforma descalzo, con las manos atadas y el cuello y el escote de la camisa cortados casi hasta los hombros. Era un individuo joven (veintiséis años), vigoroso y bien plantado. De cara pálida, bigotillo oscuro y cabello castaño oscuro. Al parecer se había negado a confesarse si no iba a verle su mujer, y habían tenido que mandar una escolta a buscarla; esa era la razón de la demora.

Se arrodilló enseguida debajo de la cuchilla. Colocó el cuello en el agujero hecho en un travesaño para tal fin y lo cerraron también por arriba con otro, igual que una picota. Justo debajo de él había una bolsa de cuero, a la que cayó inmediatamente su cabeza. El verdugo la agarró por el pelo, la alzó y dio una vuelta al patíbulo mostrándosela a la gente, casi antes de que uno se diera cuenta de que la cuchilla había caído pesadamente con un sonido vibrante. Cuando ya había pasado por los cuatro lados del patíbulo, la colocó en un palo delante: un trozo pequeño de blanco y negro para que la larga calle lo viera y las moscas se posaran en él. Tenía los ojos hacia arriba, como si hubiera evitado la visión de la bolsa de cuero y mirado hacia el crucifijo. Todos los signos vitales habían desaparecido de ella. Estaba apagada, fría, lívida y pálida. Y lo mismo el cuerpo.

Había muchísima sangre. Dejamos la ventana y nos acercamos al patíbulo, estaba muy sucio; uno de los dos hombres que echaba agua en el mismo se volvió a ayudar al otro a alzar el cuerpo y meterlo en una caja, y caminaba como si lo hiciera por el fango. Resultaba extraña la aparente desaparición del cuello. La cuchilla había cercenado la cabeza con tal precisión que parecía un milagro que no le hubiera cortado la barbilla o rebanado las orejas; y tampoco se veía en el cuerpo, que parecía cortado a ras de los hombros.

Nadie se preocupaba ni se mostraba afectado en absoluto. No vi ninguna manifestación de dolor, compasión, indignación o pesar. Me tantearon los bolsillos vacíos varias veces cuando estábamos entre la multitud delante del patíbulo mientras colocaban el cadáver en su ataúd. Era un espectáculo desagradable, sucio, descuidado y nauseabundo; no significaba nada más que carnicería aparte del interés momentáneo para el único desdichado actor. ¡Sí! Un espectáculo así tiene un significado y es una advertencia. (…) El verdugo, que no se atrevía, por su vida, a cruzar el puente de Sant’Angelo más que para cumplir su cometido, se retiró a su guarida, y el espectáculo acabó”.

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