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Micenas, la ciudad de Perseo

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El Tio-Abuelo Penradock

Licenciado en Historia y diplomado en Archivística y Biblioteconomía. Fundador y director de la revista Apuntes (2002-2005). Creador del blog El Viajero Incidental. Bloguer de historia, cine, viajes y turismo desde 2009. Editor y colaborador en varios blogs.

No puedo evitarlo. Siempre que visito un rincón de la antigua Grecia lo hago llevando en mente la mitología griega, que tiendo a sobreponer a la historia y a la arqueología porque hay que reconocer que es bastante más divertida. Y si tiene detalles escabrosos, cosa que ocurre casi siempre, mejor que mejor. Por eso cuando fui a Micenas no pude sustraerme al relato mitológico de Perseo, el que pasa por ser su fundador; el mismo, sí, que mató a la gorgona Medusa y salvó a Andrómeda, la hija de Cefeo y Casiopea, reyes de los cefenos, de ser devorada por un monstruo marino. Ceto, se llamaba el bicho, enviado por Poseidón para destruir el reino porque la soberana había tenido la osadía de autoproclamarse la más bella de todas las nereidas y eso ofendió a la mujer del dios del mar a pesar de que ambas eran hermanas. Los griegos eran así, de humanos divinidades incluidas. La única forma de calmar a Ceto era ofrecerle en sacrificio a Andrómeda, pero al final llegó Perseo y aportó su propia solución. En fin, ya me he dejado llevar por el entusiasmo, desviándome del tema de este artículo, que es Micenas. Quien quiera saber más que ve la entrañable película Furia de Titanes (la antigua, no la basura reciente), que yo sigo.

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Llegué a Micenas por la tarde, tras salir esa mañana desde Atenas (que está a un centenar de kilómetros), atravesar el Canal de Corinto y entrar en el Peloponeso, pasando por el Teatro de Epidauro y Tirinto. Después de comer llegó el momento. La primera parada fue en el pequeño museo arqueológico local donde se ha depositado lo encontrado en las excavaciones, tanto en la ciudad como en los túmulos cercanos. Las vitrinas exhiben algo menos de dos millares de piezas pero eso es Grecia, lo que significa que uno estornuda y aparecen restos, así que sencillamente no hay sitio material en ningún museo para exponer todo lo que tiene cada uno; en concreto, la colección completa de ése ronda los treinta mil objetos. Hay armas (moharras, espadas, los dientes de jabalí que adornaban los cascos…), muñecas articuladas, 

Serpientes de terracota

 

Al hablar del país suele tenderse a simplificar identificando su arte casi exclusivamente con el del período Clásico. Pero el estilo micénico, muy anterior, guarda bastantes diferencias formales. Para empezar no había grandes estatuas como las que se harían después (aún cuando el museo tiene unas cuantas e incluso un bonito capitel corintio) y tan sólo pueden encontrarse figuras de terracota policromada, antropomórficas y zoomórficas pero muy esquemáticas: las primeras, que recuerdan monstruos de película de serie B de los años cincuenta, muestran al personaje con los brazos extendidos y probablemente tengan un sentido votivo, alcanzado su extremo sintético en los llamados ídolos psi (porque parecen esa letra del alfabeto griego); de las segundas destacaría las serpientes enrolladas, por su exótica ingenuidad formal y su asociación a la arcaica diosa tierra. Por supuesto, lo que más abunda es la cerámica, pero más que la habitual retahíla de vasos, copas, cráteras, ánforas, lekitos y demás, hay que fijarse en los ostracon, placas de cerámica con restos de escritura; son importantes porque están en lineal B, un sistema de signos silábicos e ideográficos varios siglos anterior al alfabeto y que no fue descifrado hasta 1952; su contenido no es narrativo sino administrativo, recuentos de grano y cosas así.

 

Ídolos votivos micénicos
Ídolos psi

 

Ahora bien, normalmente al turista lo que le epata es el brillo del oro, las joyas, los tesoros… Y dado que allí al lado se encontraron y excavaron varias tumbas importantes, y que por entonces era costumbre enterrar al difunto con su correspondiente ajuar, no es de extrañar que el museo micénico cuente también con esa baza en forma de joyas, pectorales, cinturones y demás aditamentos ornamentales característicos, todo del dorado metal precioso. Una baza que tiene nombre propio y cuya imagen resulta familiar en todo el mundo: la Máscara de Agamenón, una fina lámina de oro repujado representando un rostro. En realidad esta pieza no apareció en un sepulcro extramuros sino en la acrópolis de Micenas, en 1876. Fue mérito del famoso Heinrich Schliemann, el descubridor de  las ruinas de Troya, que creyó que se trataba de la máscara funeraria de aquel rey micénico que secundó la campaña de venganza que su hermano Menelao de Esparta desató contra los troyanos para lavar el honor perdido cuando su esposa Helena se fue con Paris. Aparte de que no está clara la historicidad de Agamenón, los análisis científicos de la pieza revelan que es tres siglos anterior, datándola entre los años 1550 1500 a.C. Pero cuando un nombre cala en el imaginario popular ya no hay quien lo cambie. Y, la verdad, si uno está con la nariz pegada al cristal contemplando la pieza prefiere dejarse llevar por la fantasía y pensar que cubrió el rostro del difunto Agamenón; al fin y al cabo se lo merece tras el infausto final que tuvo, asesinado en su propia casa al retornar de Troya.

La máscara de Agamenón

 

Ya que estamos con la mitología otra vez, sigamos con ella. Perseo era hijo de Dánae, la princesa encerrada en una torre por su padre Acrisio, rey de Argos, para evitar que tuviera descendencia, ya que, según los oráculos, Acrisio moriría a manos de su nieto. Pero el monarca no contaba con Zeus, que cuando se le antojaba beneficiarse a una hembra no paraba hasta conseguirlo. El padre de los dioses desplegaba un amplio repertorio de recursos para los casos difíciles: una transformación en cisne por aquí y caía la ingenua Leda, una conversión en toro por allá y se llevaba a Europa, la adopción de una forma de nube e Io se sumaba a la lista de conquistas. En este caso se apuntó otro tanto en su currículum cayendo en forma de lluvia dorada sobre Dánae y fecundándola. El contrariado padre de ella, convertido en involuntario (y amenazado) abuelo, metió a su hija y a su nieto en un cofre y los lanzó al mar deshaciéndose expeditivamente de ellos;. Para que no se diga, Zeus quiso ayudar a su vástago y pidió a su hermano Poseidón que los pusiera a salvo. Efectivamente, un pescador los recogió y crió al pequeño, empezando a dar forma a lo que había deparado el destino. Perseo creció, salvó a Andrómeda, se casó con ella, regresó a Argos… y mató a Acrisio sin querer al practicar lanzamiento de disco, cumpliendo la profecía. Compungido, renunció a su legítima herencia e hizo un intercambio de coronas con su primo, asumiendo la de Tirinto. Después creó una nueva urbe, Micenas, ayudado por los cíclopes.

Dánae vista por Gustav Klimt

 

Tirinto y Micenas eran ciudades del Peloponeso, integradas en la Argólida. En realidad, el origen de Micenas ese remontaba a un asentamiento neolítico que alcanzó su máximo esplendor con la civilización micénica, entre los años 1600 y 1200 a.C. En el Heládico (la Edad del Bronce) empezaron a llegar pueblos emigrantes a la península griega y uno de ellos fue el micénico, que algunos asimilan al aqueo aunque, como siempre, hay discusión al respecto. Entraron en torno al segundo milenio a.C y hacia el año 1600 a.C. ya estaban asentados de forma estable. No formaron una civilización unida sino dispersa e independiente por muchos rincones de Grecia (Creta, Rodas, Ítaca…), pero sus centros principales sí tuvieron elementos culturales comunes, como una arquitectura ciclópea de carácter eminentemente militar que se alternaba con bellos palacios como los de Creta (una proyección expansionista que dio lugar a una civilización propia sobre la autónoma) o la misma Micenas y con tholoi funerarios. Una sociedad guerrera cuya economía combinaba la agricultura con el comercio marítimo y se completaba mediante incursiones de saqueo. El registro arqueológico revela un importante y destructor incendio quizá provocado por un terremoto y que paradójicamente favoreció la conservación de las tablillas escritas, al cocerlas. Y si bien Micenas aún perduraría un tiempo en decadencia tras las invasiones dórica y jónica, las Guerras Médicas le dieron la puntilla y quedó definitivamente abandonada. 

El sitio de Troya
Reconstrucción de Micenas

 

Tras salir del museo llegué al recinto arqueológico, donde se alzaba la redondeada silueta de los túmulos. Uno de ellos, el más importante quizá, está abierto al público: el llamado Tesoro de Atreo. Schliemann solía dejarse llevar por la fantasía y si atribuyó la máscara de oro a Agamenón no tuvo complejos para hacer lo mismo en este caso con Atreo, su padre, que había muerto asesinado por su propio sobrino, Egisto, tal como -una vez más- anunciase el oráculo. Hablo en clave mitológica, por supuesto. El caso es que los expertos creen que esa tumba no tiene nada que ver con tal personaje porque es anterior, pero su monumentalidad -resulta mucho más grande en vivo que en las fotos-revela que sí acogió el descanso eterno de un rey. Se accede por un dromos, es decir, un largo corte estratigráfico en la ladera (treinta y seis metros de longitud) que muestra la entrada y donde es casi imposible moverse sin tropezar con algún visitante. Traspasado el umbral, ricamente decorado en varios tipos de piedra con arquitrabe, friso y columnas (que no se pueden ver in situ porque el famoso Lord Elgin se los llevó a Londres), hay una gran sala circular cubierta por una falsa cúpula apuntada que alcanza trece metros y medio de altura por catorce y medio de diámetro, lo que la convirtió en la más grande del mundo durante un milenio. La cámara funeraria anexa es más pequeña y de forma cúbica. Atreo, o quien fuese el ilustre ocupante de la tumba, se revolvería en ella probablemente al ver su última morada terrenal invadida por una horda de gente. Hititas, diría; o luvitas. Para él, un insulto.

Corte esquemático del tholos
Posando en el dromos del Tesoro de Atreo

 

Visto ya el tholos, llegaba el momento de subir a la ciudadela de Micenas. Me quedé retrasado deliberadamente para dejar que la masa de hititas se alejase y, así, no me estorbara para fotografiar uno de esos lugares icónicos a los que tenía ganas desde hacía muchos años: la Puerta de los Leones. Caminando cuesta arriba por una rampa hormigonada que serpentea entre los ciclópeos sillares de las murallas (nunca mejor dicho lo de ciclópeos, teniendo en cuenta que fueron cíclopes los que los construyeron para Perseo; tenían que ser ellos porque los muros tienen una altura de casi catorce metros y un grosor de siete); caminando digo, esfuerzo considerable no sólo por el nivel sino también por el tórrido calor de la tarde -40º se desparramaban sobre los visitantes-, se acaba topando uno con esa entrada monumental adornada con dos macizas felinas enfrentadas (sí, son leonas), labradas en relieve en la pesada piedra que hace de tímpano y apoyadas sobre el dintel de la puerta, una contundente losa de veinte toneladas. Las fieras perdieron sus cabezas a manos de los destructores de Micenas (por eso una teoría sugiere que eran esfinges) y tampoco se conservan los batientes de la puerta, que eran de madera recubierta de bronce; una lástima porque debían ser espectaculares, teniendo en cuenta que el arco mide aproximadamente tres metros de alto por otros tantos de ancho. Quedan los enormes agujeros de las bisagras como testimonio.

La ciclópea muralla que protege la rampa de acceso a la Puerta de los Leones. Delante, los luvitas se cobijan del sol bajo la copa de un árbol
La Puerta de los Leones con una micénica actual

 

Dejando atrás la puerta, a la derecha está el Círculo de Tumbas, un conjunto de seis enterramientos muy ricos en uno de los cuales apareció la Máscara de Agamenón. Señalados mediante lápidas vertical, a la manera actual, en realidad son más antiguos que los tholoi. El centro del recinto urbano está ocupado por el palacio real, que tiene una muralla interior y aprovecha una elevación del terreno como elemento defensivo extra. De las instalaciones palaciegas quedan apenas el patio y el típico mégaron o gran salón del trono, una estructura arquitectónica rectangular dotada de pórtico, pronaos, naos y columnas (posiblemente de dos pisos además), en torno a la cual se iba articulando el resto del complejo. En Micenas no se conservan las típicas columnas, no sólo porque es un sitio anterior cronológicamente sino también porque eran de madera, más anchas por su parte alta que por la baja y policromadas, así que hay que contentarse con ver las marcas en el suelo e imaginarlas. En el otro extremo del perímetro está la cisterna, un aljibe para garantizar el suministro de agua en caso de asedio. Una necesidad porque en esas circunstancias las clases altas sí permitían entrar a refugiarse al pueblo, que normalmente vivía extramuros.

El Círculo de Tumbas con algunas lápidas expuestas en el borde
Estructuras del palacio; al fondo se puede ver el Tesoro de Atreo
 
Allá arriba, pisando lo que queda de los muros de la ciudadela, el calor remite un poco gracias al fuerte viento que sopla a través del valle, del que se obtienen magníficas panorámicas. Un alivio no para los hititas, que una vez vistas las piedras corren a refugiarse en el aire acondicionado del autobús, sino para los que escudriñamos embobados hasta el último centímetro cuadrado tratando de imaginar el punto exacto donde Agamenón tomaba un baño cuando su esposa Clitemnestra, que además de ser hermana de Helena le odiaba por haber sacrificado a su hija Ifigenia a Artemisa para tener buen tiempo en el camino hacia Troya, consumó su venganza echándole una red que le inmovilizó mientras su amante Egisto le acuchillaba; Egisto era primo de Agamenón (de hecho, se trataba del mismo Egisto que mató a Atreo), pero eso, tratándose de griegos, son minucias, como demuestra que tiempo después Orestes, el hijo de Agamenón, acabara a su vez con el asesino de su padre y con su propia madre. Costumbres ancestrales de Grecia.
 

Publicado originalmente en El viajero Incidental (I) y El viajero Incidental (II)

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