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Perdón de cuernos, una insólita tipología documental

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El Tio-Abuelo Penradock

Licenciado en Historia y diplomado en Archivística y Biblioteconomía. Fundador y director de la revista Apuntes (2002-2005). Creador del blog El Viajero Incidental. Bloguer de historia, cine, viajes y turismo desde 2009. Editor y colaborador en varios blogs.

 

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Vinisteis vos, marido,

de Sevilla.

Cuernos os han nacido

de maravilla.

No hay ciervo en esta villa

de cuernos tales,

que no caben en casa

ni en los corrales

(Cancionero musical de Palacio)

 

“Que el honor con sangre, señor, se lava (El médico de su honra, Calderón de la Barca)  

 

En la España Moderna el honor y la honra eran mucho más que conceptos subjetivos; constituían valores representativos del puesto que cada uno ocupaba en la escala social y ello se manifestaba en una serie de actos externos que caracterizaron los usos sociales (tratamiento, admisión en determinados círculos, precedencia, etc) durante esos siglos.

 

En realidad, no fue sólo en España sino en toda Europa, si bien en nuestro país alcanzó cotas inusitadas, especialmente en el siglo XVII, haciendo que ese sentimiento se diera en todos los estamentos al entenderse como algo objetivo. Así, cualquier menesteroso estaba dispuesto a defender su honra ante la más mínima ofensa, viniera de donde viniese y tirando de cuchillo ante quien fuera, aun cuando el otro perteneciese a una clase superior; como dice Maximiliano Barrio Gonzalo, “se aceptaba la desigualdad social pero no la humillación y la injusticia del poderoso”.

 

Esta especie de obsesión, plasmada a menudo en la literatura de la época, tanto en clave de comedia como de drama, se manifestaba especialmente en la vida conyugal porque las relaciones afectivas siempre han sido terreno abonado para las discordias. Y puesto que, en palabras de Lope de Vega, “ningún hombre es honrado por sí mismo, pues del otro recibe la honra”, con mujer de por medio ese honor quedaba a menudo en el filo de la navaja; nunca mejor dicho, ya que la venganza de ese honor, si era ultrajado, constituía una norma de conducta al valer más que la propia vida y sólo se podía lavar con sangre.

 

Un lance en el siglo XVII (Francisco Domingo Marqés)

 

En su libro La mala vida en la España de Felipe IV, José Deleito y Piñuela desgrana unos cuantos casos en los que maridos burlados se convirtieron en auténticos personajes calderonianos (especialmente en Andalucía, concreta) y mataron a sus esposas adúlteras, bien en arranques de ira, bien de forma fría y calculada; a veces también a los amantes, por supuesto. A los más radicales les bastaba una simple sospecha y resulta significativo uno de los casos que menciona el autor: el curioso suceso de 1634 en el que el aposentador de palacio dio muerte a un enano del rey convencido -erróneamente- de que éste rondaba a su mujer.

 

Frente a esta desatada actitud, estaba la de los maridos más resignados, a veces hasta consentidores, que fingían no enterarse de los devaneos de sus parejas y que eran carne de sátira mordaz. Pero a medio camino se encontraba un tercer tipo: el formado por aquéllos que, descubriendo la infidelidad de su esposa, optaban por dejarla sin más. No era poco castigo, teniendo en cuenta que ella se quedaba de pronto desprovista de su protección -entendiendo por tal la manutención- y quedaba abocada a una difícil situación que a menudo sólo podía solucionar ingresando en un convento. No obstante y aunque no muy frecuente, era un avance respecto a otras situaciones como las citadas y no digamos en comparación con la tradición legal que había ido evolucionando desde el Medievo.

 

Pedro Calderón de la Barca y Félix Lope de Vega, máximos exponentes de la honra en el teatro del Siglo de Oro

 

EVOLUCIÓN DE LA LEGISLACIÓN

En el Fuero Juzgo, versión castellana del Liber Iudiciorum visigodo y que curiosamente es más tolerante con la prostitución que con el adulterio, la mujer y su amante quedaban a disposición de la venganza del marido, que tenía derecho a matar a ambos y, en cualquier caso, no podía perdonar a la mujer. Asimismo, desgrana una serie de situaciones acompañadas de los correspondientes castigos.

 

En el Fuero Real, resultado de combinar el citado corpus legislativo visigodo con los principios del Derecho Romano, el Canónico y el feudal castellanos, el marido podía matarlos pero había de ser a los dos o a ninguno. En Las Siete Partidas de Alfonso X únicamente se castigaba el adulterio femenino, siendo la pena de reclusión conventual y azotes, aparte de perder la dote y las arras, si bien el marido podía perdonarla pasados dos años.

 

Probablemente la razón de esta discriminación hacia las mujeres, más allá del concepto tradicional de la responsabilidad del pecado original, residiera en el hecho de que, como consecuencia de su infidelidad, podían llegar hijos ilegítimos que complicaban más la situación, cosa que no sucedía cuando era el varón el que rompía su voto matrimonial. La legislación posterior ya introducía la incriminación del marido. Entre los siglos XIV y XV la Novísima Recopilación, por ejemplo, le sancionaba con la pérdida de un quinto de sus bienes hasta un tope de diez mil maravedíes.

 

El primer beso (Salvador Viniegra)

 

EL PERDÓN DE CUERNOS

De ahí en adelante aparece un tipo documental realmente curioso denominado perdón de cuernos, del que se encuentran casos en los archivos, fundamentalmente en protocolos notariales, si bien no muy abundantes. En realidad el de cuernos no es sino una de las variantes, ya que también hay cartas de perdón de muerte, de bienes y otros.

 

Al principio adoptaron la forma de formularios (el Formularium instrumentorum de la Catedral de Toledo, por ejemplo), pero a partir de la segunda mitad del siglo XVI aparecieron como una especie de guías que en Castilla se conocieron con el nombre de Instrucción de escribanos y que, según explica Gabriel de Monterroso y Alvarado en su Práctica civil y criminal e instrucción de escrivanos, establecían tres tipos de perdones: en el primero, “uno perdona a otro la muerte de su deudo o pariente”; el segundo era “perdón del Rey para el mismo caso de muerte” y el tercero consistía en el “apartamiento de querella que uno haya dado de otro por lo que toca a su injuria e interés”. Por su parte, Diego de Ribera habla expresamente del perdón de adulterio en su Escripturas y orden de partición, recordando algunas leyes de las Partidas sobre el asunto.

 

Escritura otorgada por Martín Rodríguez concediendo el perdón a su mujer Juana García y a Juan Jiménez, sentenciados a muerte por el delito de adulterio (Córdoba, 21 de enero de 1551)

 

En los protocolos notariales suelen llevar una invocación monogramática cruciforme y verbal o sólo verbal, con el clásico “Sepan quantos esta carta vieren…” de sabor medieval. Sigue, en suma, el modelo teórico propuesto por Juan de Medina en su formulario Suma de notas copiosas. En general, en estos casos los maridos solían perdonar el adulterio de sus esposas sin mayor trascendencia ni exigencia de compensaciones, más que nada para poder seguir disfrutando de la dote sin problemas. La condición era que ella regresara a la vida familiar del hogar que había desatendido y, a cambio, él se comprometía a no tomar represalias ni presentes ni futuras. No obstante, a veces se llegaba a la separación, a la indemnización -de ella hacia él, se entiende- y a la obligación de los amantes de exiliarse.

 

Pero a veces los perdones de cuernos podían deparar alguna inaudita sorpresa, como en uno de los más conocidos que se conservan, el de Diego Martín, que además lo hace doblemente. Su principal elemento distintivo está en que en lugar de perdonar a su esposa adúltera, María de los Ángeles, lo hace a Juan de los Reyes, que era…¡su amante! Eso sí, con la condición de que rompieran esa relación ilícita. Podría decirse que retomaba la tradición de Las Partidas, que señalaban que “si después que la muger ha fecho el adulterio, la recibe el marido en su lecho a sabiendas, o la tiene en su casa como a su muger (…) entiéndase que la perdonó”, aunque en este documento con la originalidad de darle carácter oficial.

 

Ahora bien, hay un segundo elemento en este perdón que le da un carácter excepcional y ya no es cosa de los protagonistas ni de los hechos en sí: se dio fe del documento en la escribanía sevillana de Mateo de Almonacir el 1 de abril de 1625 y el escribano hizo un alarde de humor al adjuntar al texto un dibujo de una cabeza, presuntamente del tal Diego Martín, ostentando una formidable cornamenta; “Éste es perdón de cuernos” añade, por si no queda claro.

 

BIBLIOGRAFÍA:

Apuntes de diplomática notarial: “La carta de perdón de cuernos” en los protocolos notariales malagueños del siglo XVI (Alicia Marchant Rivera)

 

La carta de perdón de cuernos en la documentación notarial canaria del siglo XVI (Ana Viña Brito)

 

La mala vida en la España de Felipe IV (José Deleito y Piñuela)

 

La sociedad en la España Moderna (Maximiliano Barrio Gozalo)

 

http://lavidacotidianaenelmundohispanico.blogspot.com.es/

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