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Quevedo y su odio hacia los médicos

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Médico especialista en Obstetricia y Ginecología. Soy autor de dos novelas históricas: Lucius Cassius, el médico esclavo y El Escrito de Dios, publicadas por la Editorial Stonberg. Recientemente he publicado mi tercer libro CÓMO ENFERMAR Y NO MORIR EN EL INTENTO Un viaje a través de la historia de la Medicina, un recopilatorio de artículos de mi blog.
quevedo

Francisco de Quevedo y Villegas, atribuido actualmente a Juan van der Hamen y a Diego Velázquez erróneamente en el pasado. Siglo XVII. (Instituto Valencia de Don Juan, Madrid)

Matan los médicos y viven de matar, y la queja cae sobre la dolencia (Francisco de Quevedo y Villegas)

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A lo largo de la historia encontramos numerosas muestras en la relación entre la literatura y los médicos. Muchos literatos han dejado entre sus páginas escritas personajes médicos como cuando Cervantes, en el Quijote, narra las desventuras de Sancho Panza a manos del doctor Don Pedro Recio de Agüero, que le prohíbe comer los manjares que se ofrecen a sus ojos.

Valera, Galdós, Cronin, T. Mann… son solo una pequeña muestra de escritores que miraban el avance de la medicina con esperanza y así lo reflejaban en sus obras. Y también encontramos médicos literatos como el autor de Gargantúa y Pantagruel, el médico francés François Rabelais; Andrés Laguna y Pío Baroja -de quienes ya hablé en otros artículos-, y como no, Gregorio Marañón.

El odio de Quevedo

Pero como decía antes, me centraré en el odio hacia los médicos que manifestaba en sus escritos el gran Quevedo, quien escribiría algunas de las más feroces injurias contra ellos como podemos leer en estas líneas de su “Libro de todas las cosas y otras muchas más”…

Si quieres ser famoso médico, lo primero linda mula, sortijón de esmeralda en el pulgar, guantes doblados, ropilla larga y en verano sombrerazo de tafetán. Y teniendo esto, aunque no hayas visto libro, curas y eres doctor; y si andas a pie, aunque seas Galeno, eres platicante. Oficio docto, que su ciencia consiste en la mula.

La ciencia es esta: dos refranes para entrar en casa; el «¿qué tenemos?» ordinario, «venga el pulso», inclinar el oído, «¿ha tenido frío?». Y si él dice que sí primero, decir luego: «Se echa de ver. ¿Duró mucho?» y aguardar que diga cuánto y luego decir: «Bien se conoce. Cene poquito, escarolitas; una ayuda». Y si dice que no la puede recibir, decir: «Pues haga por recibilla». Recetar lamedores, jarabes y purgas para que tenga qué vender el boticario y qué padecer el enfermo. Sangrarle y echarle ventosas; y hecho esto un vez, si durare la enfermedad, tornarlo a hacer, hasta que acabes con el enfermo o con la enfermedad. Si vive y te pagan, di que llegó tu hora; y si muere, di que llegó la suya. Pide orines, haz grandes meneos, míralos a lo claro, tuerce la boca. Y sobre todo advierte que traigas grande barba, porque no se usan médicos lampiños y no ganarás un cuarto si no pareces limpiadera. Y a Dios y a ventura, aunque uno esté malo de sabañones, mándale luego confesar y haz devoción la ignorancia.

Y para acreditarte de que visitas casas de señores, apéate a sus puertas y entra en los zaguanes y orina y tórnate a poner a caballo; el que te viere entrar y salir no sabe si entraste a orinar o no. Por las calles ve siempre corriendo y a deshora, por que te juzguen por médico que te llaman para enfermedades de peligro. De noche, haz a tus amigos que vengan de rato en rato a llamar a tu puerta en altas voces para que oiga la vecindad: «Al señor doctor, que lo llama el duque; que está mi señora la condesa muriéndose; que le ha dado al señor obispo un accidente», y con esto visitarás más casas que una demanda y tendrás horca y cuchillo sobre lo mejor del mundo.

Los escritores del Siglo de Oro recuperaron tópicos muy antiguos y en el caso de Quevedo la mayor parte de su poesía es satírica, más contra el pueblo llano que contra la nobleza. Pocos se escapaban a ella y los médicos no fueron una excepción.

Entonces los médicos ya no llevaban un uniforme o un traje particular, pero sí algunas prendas que los diferenciaban de los demás. Según Quevedo entre ser y parecer, este era lo más importante para triunfar como médico y podemos comprobar cómo cuidaban su aspecto físico en el inicio del escrito de arriba.

Tacha de ignorantes e incompetentes a los médicos. Muchos de los colaboradores de los médicos titulados y de los cirujanos latinos carecían de “formación académica” y Quevedo los acusa diciendo:

(…) los médicos matan; son asesinos legales. Emplean una jerga que nadie puede entender para hablar de las cosas más sencillas y así impresionan al enfermo que se deja engañar”. Y luego ensatan nombres de simples que parecen de demonios: Buphlalmus opoponax, leontopelatum…, y sabido que quiere decir tan espantosa buraunda de voces tan repletas de letrones, son zanahorias, rábanos y perejil… disfrazan las legumbres porque no sean conocidas y las compren los enfermos (…) Se hacen cómplices de los boticarios que integran ingredientes asquerosos en sus preparados.

Los trata de codiciosos y los equipara a los boticarios:

(…) oro hacen de las moscas, del estiércol, oro hacen de las arañas, de los alacranes y sapos (…)

Los llega a difamar cuando refiere que los médicos presionan a sus enfermos para que los apunten en su testamento.

Muchos médicos lucharon entonces contra epidemias mortales exponiendo sus propias vidas, también ejercieron su profesión entre los pobres, y esto es totalmente ignorado por el escritor, puede que incluso con mala fe por su parte.

¿Y por qué este odio?

Se desconocen los motivos que tenía Quevedo para criticar a los médicos. Es posible que su conocido y feroz sentimiento antijudío tuviera parte de culpa -muchos médicos eran descendientes de los judíos- , o puede que se tratara de una venganza por alguna mala experiencia personal con los galenos. Algunos dicen que la explicación a su desconfianza se debiera a su incredulidad ante cualquier ciencia, además, los médicos le inspiraban asco al ir oliendo los orines y excrementos de sus pacientes sin ningún pudor. Otros, apuntan a que consideraba la enfermedad como un castigo divino, y nadie podía evitar ir en contra de Dios, un pensamiento retrógrado, del Medievo, quizás debido a la influencia jesuita que recibió durante su formación.

Lo cierto es que Quevedo mantuvo su genio y figura a pesar de buscar los cuidados médicos en sus últimos días de vida:

Ya muy enfermo, Quevedo preguntó al médico que le dijera cuánto tiempo le quedaba por vivir; el médico le dijo que tres días, a lo que el escritor replicó: “ni tres horas”. Y así fue.

Murió el 8 de septiembre de 1645 en un cuarto del Convento de los Dominicos de Villanueva de los Infantes, pero lo que quizás no sabía es que su firma es casi tan difícil de interpretar como la de los propios médicos ¿quizás tendría algo en común con ellos?  😉

 

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Publicado originalmente en: www.franciscojaviertostado.com

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